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Soplado al corazón
V Las cicatrices de la memoria

13 de julio de 2025

1 min de lectura

Ayer estuve en un funeral.

La tía María, una mujer entrañable y cariñosa, marchó a otras tierras.

Me gusta mucho la familia de mi marido.

Siempre me he sentido muy querida junto a ellos. Eso es bueno.

Lo de sentirse querida. Pertenecer al clan.

Sentirse valorada.

Caminando entre los nichos del cementerio, bajo una lluvia fina de verano, tratando de dar consuelo a los inconsolables, pensé en la importancia de saberse morir.

Es un deseo ferviente que alberga mi corazón.

Quiero morirme bien.

Deseo que el deseo me ayude a conseguirlo.

Alguien dijo una vez: haz lo máximo posible como si todo dependiera de ti, pero sabiendo que nada depende de ti.

La prima Susana me contó que, de igual forma que preparamos una pequeña bolsa con las cosas de la mamá y del bebé para salir corriendo al hospital, en los últimos días del embarazo, con ilusión, esperanza y felicidad, así, o de alguna forma parecida, deberíamos prepararnos para tomar nuestro último pasaje.

Esta vez no hará falta bolsa, pues nada nos llevamos de este mundo engañoso.

Pero sí quiero irme con un corazón tranquilo.

Sin apego, querré despegar hacia otros lares.

No deseo llevarme penas, ni rencores, ni deudas.

Habrá que ir soltando lastre para estar preparada.

Una sonrisa serena, reflejo del sosiego de mi alma.

La ansiada ataraxia estoica.

La serena felicidad, pacífica y amansada.

Debo entrenarme a fondo.

Debo entrenarme bien, si quiero llegar en calma.

El recuerdo que deje será el mejor de todos.

El fruto del amor hacia todos los seres.

No es seguro que ocurra, pero ese es mi deseo.

No escatimaré esfuerzos en alcanzar esa cumbre desde la que me será más sencillo despegarme del suelo.

EscucharTe lo leo en voz alta