Escritura ¡A VOCES!
Ayer, sin ir más lejos, repasando mi diario de cancerígena, no de alienígena, ese que me dio por escribir en mis días de enfermedad y de miedo, topé con esto:
El día, el 35. La fecha, 25 de enero de 2018. Lo titulé, ¡A VOCES! Solo transcribo el principio…
«Ayer me preguntaron por qué escribo. Es como si me preguntan por qué sonrío. No lo sé, me viene de serie. Creo que nací con un lápiz en la mano y una sonrisa en la boca, sin más.
Las dos cosas me resultan naturales, fáciles, casi intuitivas, me salen solas desde pequeñita. Son como los talentos de la Biblia, una moneda de la época cuyo significado va mucho más allá. Otros lo llaman Don. Yo lo llamo Regalo».
Y leyendo aquellas páginas, la mente del 26 se me ha ido al 18.
En lugar de pararla, engancho mi teclado y me pongo a escribir. Veamos hasta dónde me lleva «la loca de la casa», que así llamaba Santa Teresa al parloteo mental.
Escribir y sonreír fue un Regalo entonces, ahora y siempre. No necesité mucho más para atravesar las tinieblas de la quimioterapia… y de todo lo demás. Es tan poco lo que se necesita para entrar en un quirófano, para ser radiada y envenenada de medicamentos, que sin darte cuenta lo vas soltando todo. Lo primero que solté fueron los vicios dañinos en mi forma de comer, beber, dormir y vivir en general. El mismo día de la sentencia, a la salida del médico que la dictó, decidí cambiar mis hábitos. Con el shock todavía puesto encima, como una gabardina contra la lluvia, hice lo único que todavía estaba en mi mano. Todo lo demás era cosa de Dios o llámelo usted como quiera. El control sobre mi vida, tan seguro, tan certero, tan difícil como había sido de conseguir, se esfumó como el simple soplido que apaga una vela. Poco a poco me fui desprendiendo de todas las cosas que hasta entonces habían sido tan falsamente indispensables. No solo dejé mis malos hábitos y me convertí en frutícola y verdurícola.
Dejé también a un lado a la gente y no por falta de amor.
Estaban conmigo, no me abandonaron, me cuidaban y se desvivían por mí, pero era yo la que no estaba allí. Compartes el mismo espacio, pero no el mismo tiempo. El concepto del tiempo cobra una nueva dimensión. Pasó lo mismo en mis duelos. No se detiene, pero se ralentiza. Cuanto más quimio llevas en el cuerpo, más cansada estás. Es un cansancio raro, indescriptible, y cuanto más cansada estás de ese cansancio, más despacio discurren los segundos. Bien mirado, no es lentitud, es espaciosidad. En ese nuevo tiempo andas como los astronautas en una luna de gravedad cero. No solo pierdes las fuerzas, pierdes el apetito, el deseo, las ganas, el pelo y las cejas. ¡Qué rara me veía en el espejo! Pierdes también la identidad. ¿Quién es esa que veo frente a mí?
Y así vas perdiendo el interés por las cosas que ocurren en ese espacio donde viven los otros. Ese espacio que ya no es el tuyo. ¿Qué me importan los políticos y sus cuitas, si mañana lloverá o si la serie del momento es buena o mala? Todo lo que ocurre, ocurre lejos de ti. A millones de chutes de quimio de distancia. Y de ese modo, sin pelos y sin kilos, me fui elevando. Sin espacio y con un tiempo infinito, fui perdiendo pie. Cuanto menos tenía, más subía hacia arriba, más me alejaba. Lo hice todo escribiendo y sonriendo. No dejé de hacerlo salvo en los días oscuros de dolor, de náuseas, de negro frío. No fueron muchos o yo no los recuerdo. ¡Qué floja es la memoria! Tan cerca estuve de Dios, de ese Dios que sopla nubarrones y nos hace olvidar lo inolvidable, que pasé muchas noches hablando con él, de tú a tú, como buenos compañeros de camino.
En ese tiempo sin horas no importaba no dormir. No importaba ya casi nada. Los celos, los rencores, las traiciones, la rabia, fue todo perdonado. La culpa se transforma en una mota de polvo que sacudes distraída de tu hombro. Te sonríes de lo insignificante que es todo lo que antes te parecían montañas insalvables. No era desdén, ni desidia, ni desprecio, eran mis ojos que solo miraban hacia arriba y no veían más que amor. Esa fue mi experiencia o así creo recordarla. ¡Qué imprecisa es la memoria y qué poderosa a su vez! Es capaz de reescribir tiempos pretéritos y embellecerlos para poder ser contemplados sin miedo a que te hieran. No todo el tiempo anduve en las alturas, claro está, pero a menudo subía y despegaba. Alguien me avisó… ¡Cuidado!, si te curas, te costará bajar. Y así sucedió… pero eso es otra historia.
