Siempre en septiembre...
Siempre en septiembre los días se van antes, las noches se hacen dueñas y lo perfuman todo de melancolía.
Papá decía que era la palabra más bonita del castellano… Melancolía.
Siempre en septiembre mi hija se fue antes.
Un trece triste, un día grave, solitario, melancólico…
Ana se fue antes que yo, que su padre, que su hermano, que sus abuelos, amigos, que sus sueños; antes que todos, demasiado antes, demasiado pronto, como un día temprano de septiembre.
No se llevó nada con ella, como si fuera a volver pronto, como lo hacen los días… Hasta mañana…
Y mañana llegó, pero sin ella.
Para siempre sin ella.
Se fue cansada de luchar contra la enfermedad, el dolor y las tinieblas.
No podía cargar con más maletas.
No le quedaron armas de repuesto.
Delgadita, suave, fina como una brisa invisible, se disolvió entre las sábanas blancas de una UCI cualquiera, de un hospital cualquiera, en un mundo cualquiera, solo que era mi mundo y me lo dejó ciego.
Ciego de pena y muerte, ciego de luz, muy ciego.
Quince años después de aquel septiembre, siguen los días marchándose temprano, siguen las noches llegando tras sus pasos, siguen las madrugadas volviendo sin pereza para alumbrar lo nuevo.
Y ella sin volver, y yo más sola y un poquito más sabia y más en paz.
La ataraxia es mi calma, mi sosiego, mi vestido de otoño.
El jarabe meloso de esta tercera juventud en la que estoy entrando, cada vez más paciente, más sin nada.
Quiero ir dejando cosas, voy soltando.
Me marcharé en septiembre, como ella, sin maletas, sin culpas, sin pesares.
Eso quisiera.
Habiendo perdonado y pedido perdón por las ofensas. Las sabidas y las desconocidas. Cuántas veces herimos sin saber.
Si me voy sin lo puesto, como vine, antes llegaré a ti, mi niña hermosa. Antes será el amor lo que encontremos.
La última respuesta sin preguntas.
La verdad de la buena. La única.
La eterna.
