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Soplado al corazón
VI Lo que vino después

Mi viaje con Rubén

4 min de lectura

Solo quedan unas horas para partir al festival de ópera de Múnich.

Casi nada.

Un sueño.

Fausto, de Gounod; Rigoletto, de Verdi; y Rubén Amón de guinda del pastel.

Aunque hubiera sido diabética, me lo hubiera comido entero. El pastel y su guinda.

Pero la vida es lo que tiene.

Nos escriben de Youtopía que nuestra guinda se ha caído de la moto y se encuentra francamente magullado y dolorido.

En fin, ha tenido mucha suerte, está vivo, con eso es suficiente.

Primero me enfado con él por caerse.

Luego me enfado con la organización por no cuidarlo entre algodones.

Después conmigo por crearme expectativas infantiles a mis 63.

Por último, la tomo con el destino cruel.

Aparto el enfado por absurdo, cansino e infundado.

Recuerdo mi lema de vida: «Lo que sucede conviene», sonrío y dejo que las piezas del puzle se vayan encajando las unas con las otras y vuelvan a sorprenderme.

Siempre lo hacen.

Llegamos a Múnich.

La ciudad es preciosa, los alemanes… «no comment», las óperas maravillosas.

La guinda que sustituye a Rubén la componen veinte personas extraordinarias que, de otra forma, quizá no hubieran llegado a conocerse.

Paseando entre calles monumentales, residencias, palacios, pinacotecas, salchichas y cervezas, nos vamos conociendo los unos a los otros.

Con la retina rebosando de dorado rococó, hablo un ratito con Carmen, escucho atenta a Rosa María, que me adopta como hija y me da una hermosa hermana.

Me río con nuestro Paco y su guasa granadina.

A falta de mi marido, que se ha perdido esta irrepetible aventura, Antonio me ayuda a abrir las botellas de agua con gas y me devuelve los datos al móvil.

Las Fátimas, son dos las que nos acompañan con tan bello nombre, me demuestran la auténtica fortaleza frente a las zancadillas de la vida.

Roya, que guarda en sus ojos toda la belleza del Imperio persa, ha emparentado con la sobrina de uno de mis buenos amigos de Zaragoza. Irán y Aragón se dan la mano en Múnich.

Me pego como una lapa a Arancha en los museos, que me cuenta las anécdotas más picantes de Kandinski y sus amigos.

Yo, que no tuve madre y que enterré a mi hija, contemplo anonadada y un poquito envidiosa el amor verdadero de dos madres en su tercera juventud, que han venido a disfrutar de la música junto con sus hijas.

Cuánto amor me rodea.

Cada historia que conozco es más bella que la anterior.

Escucho y me nutro de cariño.

Un cáncer superado, un síndrome de Down, maestro de niños y mayores.

Un divorcio, una viudedad temprana y dolorosa, una mirada inteligente, un cuchicheo cómplice, un brindis por Amón, un: «Lo echamos de menos», un: «Qué pena su ausencia», un: «Qué bien que está vivo».

El abanico de experiencias, penas y alegrías, que me muestran sinceros mis compañeros de viaje forma un hermoso y sorprendente lienzo, comparable y a la altura de la mejor de las arias que hemos podido escuchar.

Dos distinguidos sacerdotes valencianos, bajo las arañas de cristal de los elegantes salones del gran teatro de la ópera, comparten con nosotras su amor por el bel canto.

Qué cerca está Dios del propio Fausto cuando escucho los primeros acordes atravesando el sacrosanto silencio de la sala.

Qué sublime.

Qué bello.

Un par de lágrimas se escapan a mi control.

He llegado a sentir que os conocía desde siempre y para siempre.

Cuando es la música y Amón lo que reúne a un grupo de sencillos ciudadanos del mundo en un punto del mapa, se produce la magia y solo queda admirarse del milagro de la existencia.

Ahora, tumbada en horizontal en mi mullido sofá, esperando que termine la tercera lavadora, se entremezcla en mi interior la nostalgia del final del viaje, la esperanza de volver a veros, la gratitud a Iraida, a todos y a cada uno de vosotros y también un poquito a Rubén.

Gracias por no haber venido.

No me odies si me lees.

Tu ausencia nos ha permitido llenarnos de compañía y vidas ajenas.

Cuando el corazón se abre a los otros como una posada que se engalana para recibir a los nuevos huéspedes, mostramos nuestra verdadera humanidad y, lo que es mejor, nuestra verdadera divinidad.

Gracias, Rubén, por habernos reunido alrededor de tu ausencia, gracias por haber sobrevivido a tu accidente, gracias de todo corazón.

Y una advertencia…

NO TE VAS A LIBRAR TAN FÁCILMENTE DE NOSOTROS.

Ilustración de «Mi viaje con Rubén»
EscucharTe lo leo en voz alta