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Soplado al corazón
II Mundos de fábula y ciencia

Este es un cuento antiguo

5 min de lectura

Corto y antiguo.

Ocurrió en los confines de un reino ya olvidado, donde la magia sucedía con naturalidad ante los ojos de todos.

Fermín no creía en tontadas ni en pamplinas, y a todo lo que los demás veían como mágico siempre le encontraba una buena explicación racional.

Quizá por eso fue él, de entre todos los habitantes del lejano reino, el que encontró la máscara.

Era antigua y estaba un tanto estropeada, pero el precio y el lenguaraz tendero del puesto del mercadillo de carnaval le convencieron de que sería perfecta para la fiesta del viernes.

Solo le advirtió de una cosa: —Póntela de día. Quítatela a la caída del sol. De noche despliega toda su magia y puede que no te gusten sus consecuencias.

Fermín rió con ganas el comentario del tendero.

—Ya estamos con la dichosa magia. Qué magia ni qué pamplinas. ¿Una máscara mágica por 5 reales? No la regalarías por ese mísero precio. ¿Y qué hace, a ver? ¿Acaso te convierte en un hombre rico, guapo, inteligente o feliz? Yo ya tengo todo eso. Poco podrá hacer por mí.

—No puedo saberlo —le respondió el tendero—, ya que, a cada cual, le muestra un poder diferente. Solo cuando te la pongas sabrás lo que la máscara te ofrece.

—Vaya por Dios, resulta que no conoces su magia. Qué casualidad, ¿no te parece? En fin, pamplinas, me la llevo. A mí me vas a venir con magias ni magios.

Así se marchó convencido de que aquella vieja máscara no contenía secreto alguno.

En la fiesta del carnaval, como todos los años, la gente se vestía con sus mejores galas. Elegantes y enmascarados asistían a los jardines del palacio, donde el rey y la reina ofrecían a sus amados súbditos una gran merienda y un animado baile, que a menudo se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.

Fermín se engalanó y se calzó la máscara en la cara, quedando ante el espejo plenamente satisfecho de su elegancia y gallardía.

Tan guapo y apuesto se encontró que, esa noche, se dijo, conquistaría a la mismísima princesa Celestina.

Con aquel arrogante pensamiento se plantó en el baile a media tarde.

Tan distraído y animado estuvo todo el tiempo que olvidó quitarse la máscara al anochecer, como el prudente vendedor le había recomendado.

Estaba bailando con la gorda de su tía Pancracia cuando, en el momento mismo en el que el sol se ponía, sintió un gracioso cosquilleo por todo el espinazo que le hizo estremecerse y sonreír de gusto.

A partir de ese momento, el mundo entero cambió para él.

Miró a la tía Pancracia, que en aquel momento bailaba tan contenta de su brazo, y la encontró la señora más delgada, esbelta y elegante de toda la fiesta.

Era su tía, no cabía duda, pero de pronto su hermosura no tenía parangón.

Asombrado por el cambio repentino de su parienta, se despidió de ella amablemente y fue a comprobar cómo el resto de los invitados se habían transformado ante sus ojos atónitos en lo opuesto a lo que habitualmente eran.

El que era obeso ahora era fideo, el alto bajo, el patán gallardo, el elegante zafio, el jorobado esbelto, el rubio moreno, el cojo andarín.

También sus voces, intelecto y ademanes parecían los contrarios a los usuales.

La bella princesa Celestina le pareció un esperpento, el rey era bajito y la reina le sacaba tres cabezas.

Sus primos, los gemelos, habían dejado de parecerse entre ellos.

Filomena, la hija del panadero, insulsa y ahuesada de común, lucía ahora atractiva y voluptuosa.

Como de costumbre, bien sabía Fermín que bebía los vientos por él, la consumida Filomena no le quitaba ojo de encima desde que había llegado al festín.

La miró de arriba abajo y, embelesado por su sin par belleza recién adquirida, la sacó a bailar, y baile tras baile sucumbió a sus nuevos encantos.

Amanecía por el horizonte cuando dejó el último beso en los carnosos labios de la panadera.

En la puerta de su casa, hasta donde galante la había acompañado, los dos se quitaron sus máscaras para despedirse con candor, y hete aquí que la Filomena se le apareció como la insulsa y delgaducha de siempre.

Fermín, desprovisto de la magia de su máscara, volvía a mirar al mundo y a sus habitantes tal cual los había conocido hasta esa noche.

Despidiose de Filomena como buenamente pudo y corrió hacia su morada para recapacitar sobre cuanto le había acontecido.

Se acostó convencido de que aquello no había sido más que una mala pesadilla de los sentidos.

Quizá nublado por la embriaguez del vino real.

O alunado por la luna llena.

Una ostra en mal estado.

El espumoso del brindis.

El aguardiente del Faustino.

La pesadez del asado.

O simplemente confundido por las viejas historias de magia del tendero del mercadillo.

Vaya usted a saber.

Mañana le devolvería la maldita máscara y le pediría los cinco reales de regreso.

No faltaba más.

Qué magia ni qué pamplinas.

Lo peor sería quitarse de encima a la escuálida hija del panadero.

Pero ya pensaría en ello en mejor momento.

Ahora estoy muy cansado, se dijo, mañana será otro día.

Se acurrucó en la cama, se tapó hasta las orejas, escuchó las ráfagas del poniente que, como todos los días, comenzaba a soplar con su brío habitual, y dejó que el viento se llevara todo lo que se tenía que llevar.

EscucharTe lo leo en voz alta