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Soplado al corazón
II Mundos de fábula y ciencia

La niña diosa

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Érase que se era… en un país muy, muy lejano, cuyo nombre era tan hermoso que resultaba imposible de olvidar, nació una preciosa niña de ojitos rasgados y color aceituna, llamada por los sabios y santos del lugar, para ser la futura y esperada Diosa Viviente.

Todos los augurios así lo confirmaban, no cabía duda, era ella.

Los astros alineados, el último cometa visto en los cielos, las lluvias abundantes, las ricas cosechas del último verano, el pequeño lunar en su liso entrecejo, la ausencia de dedo meñique en su pie izquierdo, el sepulcral silencio de todo ser viviente en el instante mismo en el que tomó su primer aliento, todo ello evidenciaba que “La Esperada” había regresado.

Cada cincuenta lustros así venía sucediendo y así sucedió de nuevo.

La niña vivió cinco años junto a sus devotos progenitores y fue entregada al monasterio un caluroso día de verano en el que el sol alcanzaba su posición más alta en el cielo.

Vestida fastuosamente para la ocasión, fue llevada en la Carroza Real por las calles de la ciudad para que todos pudieran contemplar el resplandor de su deidad.

No volverían a verla hasta que cumpliera cincuenta años. Así mandaba la tradición.

En la montaña sagrada, rodeada de frondosos bosques, arropada y protegida por las murallas del milenario santuario y cincuenta y cinco monjes vestidos de azafrán, viviría y sería educada la niña Diosa.

Todo transcurrió como los Rishis habían cantado en sus mantras durante generaciones.

Al cumplir sus veinticinco lunas la joven comenzó a dibujar en el limpio y pulido suelo del altar, frente al fabuloso Buda dorado, el que llegaría a ser el Mandala más hermoso, fugaz y refulgente de todos los tiempos.

Con finísimos granos de arena de brillantes colores, día tras día, fue formando el universo tridimensional de la Compasión, con su palacio octogonal en el centro, protegido por el círculo sagrado y habitado por la hermosa pareja de dioses de innumerables brazos y piernas, entrelazados en la amorosa y eterna danza de la infinita creación.

Los jardines que rodeaban el palacio, llenos de figuras alegóricas, competían en belleza y colorido con las representadas en el interior del mismo, formando así la ofrenda perfecta de servicio y humildad ante el bondadoso Buda.

Trabajando, con devoción inalcanzable, la joven Diosa se convirtió en mujer y gustó tanto de su labor diaria, que llegó a olvidar que un día, no muy lejano, tendría que barrer con el fino cepillo de púas sagradas el hermoso universo que tanto disfrutó creando.

Así lo mandaba el ritual de la impermanencia y así debía ser hecho.

Olvidó que nada, salvo el inagotable torrente del amor del Buda, es eterno.

Olvidó que el apego a la materia viva o inerte conduce inexorablemente a la ignorancia y a la ceguera de espíritu.

Inmersa en su ardua y febril tarea, se dice que en algunos fugaces momentos, la vieron desaparecer y transformarse en la virtud misma que intentaba representar con tan fervoroso afán.

Se cuenta que desprendía un halo de colores nunca imaginados mientras dibujaba paciente el loto de los mil pétalos.

Setenta veces siete cantaba y repetía los mantras más sutiles y bellos, mientras granito a granito su milagrosa obra iba tomando forma.

Hasta que llegó el día en el que hubo de colocar el último de los granos de arena, el más azul, el más pequeño y el menos importante, tanto, o mejor dicho, tan poco, que pareció más un punto suspensivo en el tiempo, que un punto y definitivo final.

Durante siete días fue mostrado el Mandala a los fieles de todo el reino que salían del templo transformados, con los ojos inundados de lágrimas y la mirada perdida en el preludio del paraíso que acababan de contemplar.

En la última hora del último día de aquella semana que cambió la historia del pequeño país, buscaron los monjes por todo el monasterio a la Diosa Viviente, para que llevase a cabo la tarea de barrer y borrar para siempre la valiosa estampa del paraíso perdido, pero nadie la encontró.

Alguien dijo que la vio disolverse en el viento del oeste que aquel día comenzaba a soplar.

Y fue ese mismo viento el que quiso colarse por la puerta del templo para borrar de un soplo el fabuloso Mandala.

Al día siguiente, y como si tal cosa, los monjes juntaron los granitos de arenas de mil colores esparcidos por el suelo en un sencillo montón que ofrecieron al Buda dorado, que desde las alturas observó sonriente el paso de las cosas que allí acontecieron.

Y colorín colorado este cuento no se acaba, ya que el ciclo infinito de destrucción y vida continuará contándose por juglares venideros que heredarán el gusto de narrar historias…

EscucharTe lo leo en voz alta