El camino de en medio
Érase que se era un pequeño planeta llamado Metronium, situado a la derecha de la nebulosa de Orión, conocido en toda la constelación por su riqueza química y mineral, por la belleza de su exuberante naturaleza y por la gloriosa armonía que reinaba entre sus habitantes.
Divididos en dos razonables y consolidadas razas de seres vivos e inteligentes, nunca había surgido entre ellos conflicto alguno conocido.
Los bajos y los altos convivían sin problemas, repartiéndose las tareas laborales en función de sus habilidades propias.
Los unos se ocupaban de los trabajos cercanos a la tierra: fontanería, carpintería, jardinería, agricultura, granjas, extracción de minerales y muchas otras cosas más.
Los otros trabajaban en altura, construyendo tejados y edificios, medios de locomoción aéreos, teletransportación, recursos eólicos, solares y estelares, así como marítimos y fluviales.
El gobierno y la administración eran sabiamente compartidos y, aunque vivían en barrios separados por evidentes razones prácticas, gustaban de celebrar todas las festividades en común.
Pero hete aquí que, en el mediodía de la media primavera del medio año, de la mismísima mitad del décimo sexto milenio, nació ante los ojos alucinados de sus altos padres una niña mediana a la que llamaron Madi.
Los médicos supieron de su medianez desde el mismo momento en que la vieron, a pesar de no existir registros de ningún caso parecido en la historia de nuestro pequeño planeta Metronium.
Madi no sería ni alta ni baja, sería mediana y no había nada más que decir.
Sus altos padres decidieron, con buen criterio, llevar a Madi a un colegio de bajos durante sus primeros dieciséis años de vida.
Así sería cabeza de ratón.
Ya habría tiempo de ser cola de león.
Madi destacó en altura y capacidades generales durante toda su infancia, adquiriendo una fuerte y sólida personalidad de líder.
Estaba muy segura de sí misma y sabía lo que quería.
A pesar de ser diferente al resto de los pequeños, todos la querían y la admiraban a partes iguales, tanto sus compañeros como sus maestros, que enseguida detectaron sus tempranos dotes para todo lo relacionado con la música.
Pero, ya que los instrumentos de los bajos eran demasiado pequeños para ella y, con los grandes instrumentos de los altos, para qué hablar, se decantó por la composición y la dirección de orquesta.
Cuando, cumplidos los dieciséis años, ingresó en el colegio de los Altos, no tuvo demasiados problemas de adaptación.
Todos la encontraban pequeñita y monísima, como una muñequita, pero con mucho genio y mucho carácter.
Llevaba una escalera convenientemente automatizada y robotizada que le permitía acceder con relativa facilidad a la silla y al pupitre que le fueron asignados en el aula, situados, por supuesto, en la primera fila.
Símbolo y orgullosa señera de las leyes de integración de aquella modélica sociedad, Madi completó sus estudios en el conservatorio más prestigioso de la constelación con excelentes calificaciones.
En los conciertos de los bajos no necesitaba podio ni tarima alguna, ya que su mediana estatura le permitía destacar y ser vista por toda la orquesta, desde los primeros violines hasta los últimos trombones.
El problema se planteó cuando nuestra mediana Madi decidió que también quería dirigir a las orquestas de los altos.
Sus altos padres, los dos músicos, oboe y flauta travesera, decidieron ayudarla a cumplir su sueño de directora de altura.
Hablaron con los técnicos del gran Teatro Orión Interestelar. Crearon una plataforma elevada de diez benignos escalones y, sobre la mediana y, por ello, no menos poderosa figura de Madi, proyectaron un perfecto holograma que ampliaba sus dimensiones sin perder en absoluto su atrayente y grandiosa personalidad dirigiendo a la orquesta.
Los resultados fueron imponentes y descomunales.
El triunfo de su debut con la sinfonía número 5 en re menor, opus 47, de Altuskovich todavía hoy se recuerda.
Pasado el tiempo, Madi se enamoró de un alto joven pianista, seis años menor que ella y no demasiado esbelto, ventajas ambas suficientes, en cuanto a metros se refiere, para su novedosa relación.
Como el joven Gustav siempre estaba sentado tocando el piano, igualaban diámetro a los ojos de todos y hacían una bonita pareja sentada.
Se casaron y dieron a luz a una nueva estirpe de medianos que resultaron ser tremendamente útiles en aquella igualitaria sociedad.
Cuando tiempo después recibieron noticias de un lejano planeta llamado Tierra, donde un sabio, Gautama el Buda, había sentenciado: «En el camino de en medio está la sabiduría», todos estuvieron de acuerdo con tamaña afirmación.
Y colorín colorado, que cuando no hay nada más que decir, es mejor estar callado.