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Soplado al corazón
II Mundos de fábula y ciencia

Trombas marinas

4 min de lectura

La posibilidad de que te caiga un rayo en un año es de aproximadamente una entre un millón, diez veces menor que la probabilidad de ganar el premio gordo de la lotería. A pesar de los datos matemáticos y de las frías estadísticas, ambas cosas sucedieron en mi familia.

Al padre de mi madre le partió un rayo, literalmente, mientras labraba su campo de cereales en un tormentoso día de abril. A la mamá de papá le tocó un décimo del premio gordo de la lotería de Navidad. Aquel extraordinario acontecimiento llenó de júbilo a su modesta familia numerosa y facilitó el despegue inmediato del pequeño taller del abuelo Dionisio. Papá pensó que la suerte estaría con ellos de por vida. Mamá supo que eso no sería así cuando le dijeron que mi hermana gemela había fallecido durante el parto. En aquellos tiempos no era tan inusual. No le dejaron verla, para ahorrarle más dolor, y la mandaron a casa a llorar su duelo.

A mí me llamaron Marina y quizá por eso, o vaya usted a saber, me gustaron los peces desde que tengo recuerdos. Nunca he comido uno. Reverencio a los hijos del mar por razones desconocidas. He estudiado sus nombres, sus orígenes, su poco prometedor futuro, y he dedicado mi vida a conocerlos en profundidad y protegerlos de su incierto porvenir. Soy bióloga marina, no digo más.

Para completar mi original tesis doctoral, viví unos meses en Santa Rita, pequeña localidad del departamento de Yoro, Honduras, y un año en Texarkana, en el estado de Texas, Estados Unidos. Actualmente resido en el distrito de Richmond, San Francisco. Creo que acabé aquí en busca de respuestas, y ¡vive Dios que las encontré!

Narraré, pues, los extraños acontecimientos que sucedieron hace tan solo dos semanas y que cambiaron mi vida para siempre.

Como casi todas las mañanas, bajé a desayunar al pequeño café situado a dos manzanas de mi apartamento. Mientras paseaba tranquilamente hasta allí, observé cómo el prometedor y espléndido día se iba oscureciendo poco a poco. Miré hacia arriba y pensé: “Se avecina una tormenta interesante”. Como experta observadora del clima, algo me dijo que no se trataba de una tormenta normal. Mi olfato nunca fallaba, pero lo que estaba a punto de ocurrir superó con creces todas mis expectativas.

Un viento gélido comenzó a mover con virulencia las hojas de los árboles circundantes, tiró al suelo la papelera de la esquina y esparció por doquier todo su contenido. Enganchó mi melena de rizos infinitos y la volvió del revés. Aceleré el paso en el segundo trueno y alcancé a abrir la puerta del local cuando el cielo se tornó oscuro como noche cerrada.

En la primera zancada dentro del café, apareció frente a mí mi misma imagen, reflejada como si se tratase de un espejo colocado allí recientemente sin mi consentimiento. Frené en seco y me observé con detenimiento. Delante de mí, a un brazo de distancia, estaba yo; o alguien tan parecida a mí, que parecía yo. Mi mismo pelo rizado, recogido en una abultada coleta castaña. Mis mismos ojos grandes, del mismo color ojo que los míos, sin gafas de culo de vaso, pero igual de inquisidores. Mi nariz respingona, finita y pecosa. Mis labios apretados. Mis hoyuelos. Mi escasa altura. Mi complexión rellena. No llevaba mi ropa, pero era yo sin duda, o mi doble… o mi clon.

Fue en ese mismo instante cuando comenzó todo.

El fenómeno dejó a todos los presentes dentro del local en un profundo y temeroso silencio. Al principio pensé que me miraban a mí, pero cuando empezaron a acercarse a las grandes cristaleras que daban a la calle, me di la vuelta para mirar hacia donde todos ellos, incluida mi otra yo, dirigían sus miradas, entre asombrados y atónitos.

Estaban lloviendo peces.

Peces de todos los tamaños y colores; peces que llegaban muertos, peces que morían al caer, peces vivos que coleteaban desesperados sobre el asfalto mojado por la tromba de agua que acompañó su caída desde el mismísimo cielo, abierto de par en par para sorpresa de todos. Los transeúntes corrían despavoridos en todas direcciones, intentando ponerse a cubierto de la tormenta de peces que caía sobre ellos. Se cubrían como podían, sin poder evitar algún que otro encontronazo con los moribundos pececillos, en su mayoría de escaso tamaño, que caían sin cesar.

No duró mucho. No sabría decir cuánto.

Olvidé a mi clon y salí despacio al devastador escenario que se ofrecía ante mis incrédulos ojos, y una mezcla de tristeza, excitación y alegría inusitada se apoderó de mí.

Acababa de ser testigo del núcleo central de mi original tesis doctoral, titulada: “La lluvia de peces en California. Trombas marinas y otros fenómenos originarios”.

EscucharTe lo leo en voz alta