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Soplado al corazón
II Mundos de fábula y ciencia

Piedra, papel o tijera

3 min de lectura

Navegamos por el espacio interestelar durante cinco años terrestres, en las cunas de cristal diseñadas para dormir un sueño criogénico, con pausa completa de nuestras funciones vitales.

Era la fórmula más utilizada y no solía dar problemas a la hora del despertar.

Margarita, nuestra botánica, no tardó más de cuatro o cinco minutos en recuperar las constantes vitales al completo.

Ernesto, el astrónomo de la misión, casi de inmediato aseguró encontrarse en perfecto estado de revista.

A mí me costó un poco más que a los demás, pero enseguida hicieron lo necesario para reanimarme.

Como ingeniero y comandante de la expedición, mi participación en el proyecto “Medusa” resultaba vital para todos.

El ensamblaje se había desarrollado con éxito y accedimos a la vieja estación orbital sin mayores dificultades.

Una vez dentro, reconectamos los sistemas.

Todo parecía estar en orden hasta que Nereida, nuestro ordenador principal, detectó un fallo en los parámetros del soporte vital.

La voz suave y segura de Nereida nos comunicó que la duración del oxígeno de la base sería de setenta y dos horas máximo.

El planeta Medusa, sobre el que orbitábamos, reunía en apariencia las condiciones necesarias compatibles con la vida humana, así que bastaría con empacar todo lo necesario en la nave de transporte en la que habíamos llegado y esperar en Medusa pacientemente, desarrollando nuestra misión, mientras mandaban la nave de rescate.

Estábamos bien adiestrados y no era nuestra primera misión, así que, en un primer momento, no quisimos preocuparnos demasiado.

Cuando todo estuvo preparado y nos disponíamos a salir de la estación, Nereida nos anunció, con su suavidad acostumbrada, que había un error en el sistema de apertura de las puertas, por lo que nos era imposible acceder a nuestra nave.

Estábamos encerrados, en unas horas nos quedaríamos sin oxígeno y todos moriríamos si no conseguíamos salir de allí.

Margarita llamó nuestra atención hacia la cristalera central de la sala de control de mandos y los tres pudimos contemplar cómo el pequeño planeta, objeto de nuestro estudio, cambiaba su estructura molecular delante de nuestras ojipláticas miradas, transformándose en una masa viscosa, transparente y acuosa.

Por momentos estaba abandonando su forma original, redonda y rígida, para adoptar una disposición de campana gelatinosa.

Se asemejaba a una sombrilla blanquecina, ciertamente bonita.

Unos tentáculos límpidos y ondulantes parecían dotar de movimiento al cuerpo celeste que, hasta entonces, había permanecido completamente inmóvil.

Se estaba aproximando muy lentamente hacia nuestro emplazamiento, sin que ni las pantallas de control ni Nereida detectaran absolutamente nada.

Se detuvo cuando se encontró a la distancia suficiente para acoplar uno de sus apéndices al casco de la base orbital.

Una voz metálica y fría nos hizo saber que debíamos confiar en ella.

Su nombre era Velero.

¿Ha dicho Valero? Se preguntó Margarita para sí.

No, he dicho Velero, le contestó mentalmente la voz.

Siempre que contara con nuestro permiso y a nuestra orden, Velero se ofrecía amablemente a inyectar un líquido gaseoso en todo el complejo, con el fin de que pudiéramos respirar de una manera nueva pero segura, que garantizaría la continuidad de nuestra existencia.

Podríamos acceder, así, a su planeta, para llevar a cabo un amigable, seguro y fructífero intercambio de conocimientos entre civilizaciones.

Parece Zapatero, pensó Margarita.

¿Quién es Zapatero? preguntó Velero, esta vez en alta voz, leyendo de nuevo sin problemas la mente de la botánica.

En este momento eso no tiene importancia, dijo Margarita para que todos la oyeran.

Ernesto y yo nos miramos sin comprender.

Nuestras caras parecían un poema, pero ahora, efectivamente, había cosas mucho más importantes que hacer.

Nos reunimos para decidir si confiar o no en nuestro nuevo amigo Zapatero Velero.

La situación hubiera sido risible si no fuera porque nos iba la vida en ello.

Nereida, más inteligente que todos nosotros juntos, ofreció dejárselo a la suerte y jugarlo a piedra, papel o tijera.

Entendiendo que no teníamos muchas más opciones, procedimos a ello, con espíritu zapateril y sin perder en ningún momento la compostura.

A la una, a las dos y a las tres, piedra, papel o tijera…

EscucharTe lo leo en voz alta