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Soplado al corazón
II Mundos de fábula y ciencia

Un cuento de cuantos cuánticos

3 min de lectura

Los cuantos son entidades capaces de mostrar comportamientos de materia y de energía indistintamente.

Pueden actuar simultáneamente como partículas y como ondas.

Son minúsculos paquetes de energía con propiedades de materia, intercambiables según las condiciones. El valor más pequeño, mínimo e indivisible de una magnitud.

Esta es la historia de Pyxide, una niña cuántica nacida en algún lugar desconocido, que fue abandonada a las puertas del convento de las Madres Benedictinas de Albacete, una preciosa mañana de primavera.

Con esmero, las monjitas la criaron durante sus primeros cinco años de vida.

Al poco tiempo de cumplir esa edad, fue adoptada por una familia adinerada de Badalona y educada en la más estricta intimidad de la mansión familiar.

Pyxide era invidente, completamente ciega desde su nacimiento, pero veía más que cualquier otro ser humano sobre la faz de la Tierra.

Poseía una belleza indescriptible y cautivadora.

Reunía en sí misma las cualidades más hermosas de las distintas razas del género humano.

No era ni blanca, ni negra, ni amarilla.

No tenía rasgos ni africanos, ni orientales, ni occidentales.

Los tenía todos a la vez.

Ni baja, ni alta, a sus treinta y cuatro años ya había cursado tres carreras y trabajaba para el Centro Nacional de Inteligencia en un proyecto altamente secreto.

Ella lo sabía prácticamente todo, pero no siempre sabía manejar bien lo mucho que sabía.

Pyxide podía estar en varios sitios a la vez, en varios tiempos a la vez, y todo ello en diferentes formas a la vez.

Era cuántica y, al igual que los cuantos, compartía todas las cualidades de la energía y de la materia.

Sabía que la vida que estaba experimentando no era más que una pequeña caja entre las infinitas cajas de la existencia.

Ella podía moverse a voluntad dentro de la caja de Pyxide, pero también podía salirse de su caja y contemplar el océano de cajas infinitas que simultáneamente se manifestaban.

No lo hacía nunca cuando estaba despierta, por evidentes razones prácticas.

Solo salía de su caja mientras dormía, en términos humanos.

Era entonces cuando se sentía auténticamente ella.

Sin cuerpo, sin nombre, sin tiempo, ni forma, ni espacio, ni límites.

Era solo “siendo” cuando era de verdad.

Nadie más que sus padres sabía de su peculiar condición.

Físicos de carrera los dos, habían conocido el paradero de Pyxide por un extraño sueño experimentado por ambos durante la misma noche.

Se hicieron cargo de la niña y la criaron y quisieron como hija propia.

Compartieron con ella juegos, conocimientos y amor, en la misma medida.

Pero ¿qué sería de Pyxide cuando ellos faltaran?

La joven procuraba tranquilizarlos, ya que tenía la certeza absoluta de que la muerte no existe.

Pero era muy difícil hacerles entender.

—Fuera de esta pequeña caja que habitamos, se os abrirán los ojos a una existencia nueva y luminosa, llena de infinitas posibilidades —les explicó un día.

No temáis nada, pues no hay nada que temer.

Sabed —les dijo— que en esta caja todo está ocurriendo a la vez. El futuro, el pasado y el presente, de manera simultánea, ocurren aquí y ahora. Y de la misma manera será durante toda la eternidad; fuera y dentro de las cajas, no hay diferencia.

Dejaros llevar por el río de la experiencia y seguir siendo.

Resistirse o sufrir es lo más inútil.

No sirve.

No conduce a nada, salvo a la desdicha.

Pasados unos años, Pyxide se quedó sola. Sus padres adoptivos fallecieron. Los acompañó amorosamente hasta el último momento.

Ella los siguió tiempo después.

Se fue como había llegado: sola, hermosa y serena.

Una agradable noche de primavera, salió de su caja de Pyxide y nunca más regresó.

EscucharTe lo leo en voz alta