Jugando
Este es un cuento redondo y sin conclusión.
Sucedió en una bonita ciudad redonda llamada Circulia, situada en el centro de aquel redondo y floreciente país en forma de “O”, conocido como Oliandia.
En aquellas tierras casi todo era redondo.
Las calles en forma de anillo, las ventanas de las casas, las mesas y los asientos de las sillas, los volantes de los coches, las ruedas de las bicis, el humo de las chimeneas, las nubes en el cielo y hasta el mismo sol y la luna llena eran todos redondos.
Nuestro protagonista, Meñique, era un muchacho pequeño y escuálido, dotado de una prodigiosa inteligencia intelectual y muy escasa emocional. No tenía muchos amigos, eso era así.
Meñique, que en realidad se llamaba Manolo Redondo, como su padre, se dirigía aquella espléndida tarde de primavera hacia las ferias, que se habían instalado, como todos los años, en el tercer cinturón de la ciudad, para la celebración del Día Internacional del Círculo.
El gran circo mundial era la atracción principal.
La noria, el tiro al plato, los puestos de manzanas de caramelo y nubes de algodón, la atracción de las tazas giratorias y el tren circular de la bruja piruja tampoco faltaron aquel año.
Pero a Meñique le llamó la atención una pequeña caseta situada junto al quiosco de la pitonisa de la bola de cristal.
Sobre la pequeña puerta redonda, con cortinas correderas redondas, se leía en letras luminosas: “fotomatón”, con todas sus “os” bien grandes y redondeadas.
No pudo evitar entrar.
Metió una moneda, ya sabéis su forma, en la máquina, se peinó el flequillo, se estiró el cuello del nicky Fred Perrys, con su casi completo redondo logo, en forma de corona de laurel bordada, símbolo del más famoso torneo de tenis del país, y presionó el botón de ocho fotografías.
Un número bien redondo, pensó Meñique.
Redondos se le quedaron los redondos ojos, detrás de sus gafas de cristal redondas, cuando solo salió una foto —no especificaré su forma— y comprobó que la imagen que mostraba no era ni mucho menos la suya.
La miró más de cerca y con detenimiento.
Era una lámpara, sí, una lámpara, con una frase en su pie que clamaba al cielo: “Por el amor de Dios, frótame”.
Meñique, temeroso y asombrado, frotó la fotografía con la esquina derecha de su nicky y en el cristal de la máquina, que había frente a él, apareció un asombroso genio, de color verde, por supuesto, como todos los genios, pero pequeño y escuálido como el mismo Manolo Redondo hijo.
No se anduvo por las ramas.
—Soy el genio ludópata —dijo—.
Me encerraron aquí por jugador empedernido y ese es mi destino. Yo puedo cambiar el tuyo.
Te concederé un deseo si aciertas todas las letras del rosco.
—¿El rosco? —preguntó Meñique—.
Y mientras repetía: —¿Qué rosco?—, un círculo azul, con veintisiete letras blancas, apareció de la nada, enmarcando la cara del genio ludópata.
—Con la “A”… —empezó a decir el genio.
—Espera, espera, espera —exclamó Meñique acelerado—, no sé qué deseo pedir. ¿Puedo utilizar el comodín de la llamada? Me gustaría consultarlo con mi padre.
—Qué padre ni qué madre —contestó el genio impaciente—, aquí no hay comodín ni comodón. ¿Juegas o no?
Si ganas tú, te concedo el deseo; si gano yo, me voy al casino más cercano y aquí te quedas. Supongo que la máquina te devolverá la moneda o sacará tus fotos.
—Está bien —sentenció Meñique—, jugaré, pero quiero un deseo por cada letra que acierte y mis fotos, claro está. ¿Aceptas?
—Acepto —contestó el genio, algo molesto pero satisfecho de haber encontrado un contrincante jugón y a su altura.
Lo de la altura es una forma de hablar…
—Con la “A”… —comenzó el genio…