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Soplado al corazón
I El arte de vivir y escribir

El secreto de Casimiro

3 min de lectura

Érase que se era un hombre sencillo que nunca supo mucho de nada ni destacó en ninguna materia ni deseó demasiado cosa alguna.

Esta es su anodina historia.

Nació siendo FELIZ.

Para no perturbar a su dolorida madre, apenas emitió algo parecido al llanto de un bebé, que ninguno de los presentes pudo escuchar ni identificar con claridad.

A los pocos días de vida ya sonreía plácidamente en su cunita.

Este niño no da ningún mal, decía su abuela Felicidad, y así fue como Casimiro nunca dio ningún mal.

Fue un niño apacible y obediente, un adolescente discreto, un joven tranquilo y observador, un adulto invisible y un viejecito encantador.

Siempre disfrutó más, viendo los diecisiete sabores de helados que brillaban deslumbrantes tras la vitrina del mostrador que comiéndose el cucurucho en dos efímeros minutos.

Perseguir la mariposa era más divertido que alcanzarla y en las tranquilas tardes dominicales de pesca con su padre, gustaba más de contemplar el paso del río y de las horas, que de privar al pez de sus quehaceres, sea lo que fuere que hagan los peces.

En algún sitio escuchó, alguna vez, algo parecido a que la felicidad se encuentra en la antesala del deseo logrado, y Casimiro no podía estar más de acuerdo.

Siguiendo los pasos de su humilde progenitor, siempre quiso ser, sin demasiado entusiasmo, Secretario Judicial.

En algún momento de su vida perdió la cuenta de las veces que lo intentó.

La primera, aplazaron las oposiciones por la repentina convocatoria de unas elecciones generales.

La segunda, tristemente, falleció su padre, así de repente y sin previo aviso, un fallo cardíaco, sin enterarse de nada, ni él, ni los demás. Transcurrieron días sin que alcanzara a comprender el vacío que nos dejan los que se van para siempre.

Mientras llegaba la tercera oportunidad de presentarse al examen se hizo panadero.

En casa hacía falta dinero, la pensión de viudedad no alcanzaba y siendo único hijo, le tocaba a Casimiro ejercer de jefe de familia.

La hija del panadero, bajo cuya supervisión comenzó a trabajar como aprendiz, era a los ojos de Casimiro el ángel más hermoso que jamás había contemplado y, al parecer, a Felisa, que feliz portaba este nombre, también le pareció él, apuesto y gallardo como ningún otro. Es por todos sabido que los ojos de los enamorados funcionan con esa oportuna miopía.

Casimiro, incansable al desaliento, seguía preparando las oposiciones, antes y después de la boda, estudiando en cualquier rincón y a cualquier hora arrancada del transcurrir de los días y de las noches. A constancia no le ganaba nadie.

En la cuarta oportunidad de presentarse al examen nacieron los gemelos. Benditos niños, llegaron llenitos de panes debajo del brazo, como hubiera dicho la bisabuela Felicidad si hubiera tenido la gloria de conocer a Felisín y a Felisina.

Con el paso de los años, Josefina, la mamá viuda de Casimiro, y Feliciano, el papá panadero de Felisa, que había sido felizmente abandonado veinte años atrás, por una mujer distraída, de dudosa moral y peor carácter, terminaron haciendo buenas migas, de pan y de otras cosas, y celebraron un sencillo matrimonio el mismísimo día de la quinta convocatoria del esperado examen.

Lo demás es historia, eso sí, una historia feliz.

Por unas cosas o por otras Casimiro nunca llegó a presentarse, ahora bien, el temario lo recitaba con los ojos cerrados.

Entre tanto siguió siendo tan feliz como había nacido y sin que nadie lo supiera. La felicidad anda de puntillas a nuestro alrededor tratando de esconderse para no ser atrapada.

Dejó escrito su epitafio junto a los desgastados libros de las oposiciones, decía así, “Aquí descansa FELIZ un Secretario Judicial en ciernes”.

Relatos de ficción, ciencia ficción, fantasía y humor imaginativo.

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