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Soplado al corazón
I El arte de vivir y escribir

La espera

1 min de lectura

No relleno la espera con la causa de la espera.

Ni siquiera te la cuento.

Si lo hago me agobio, me emboto, los nervios se me comen los restos de la cena.

Entender la espera es vaciarla de todo, ponerla en punto muerto, abandonarla a su suerte.

Así es como el tiempo que la rellena se escurre entre sus grietas.

También sé completarla con algún pasatiempo.

Qué nombre, pasatiempo, pero cumple su función.

Mientras espero…

Puedo cerrar los ojos y atender al silencio.

Puedo pensar, aposta, en mi agenda de mañana.

Puedo escribir y mientras lo hago divagar sin límite.

Espero en la sala que recibe su nombre.

Sala de espera…

Voy a buscarle un apelativo que me quite la inquietud.

Sala de silencio, no estaría mal.

Me gusta de Japón ese silencio con el que disfrazan la espera en los vagones del metro, en los autobuses, en los aviones, en las salas de espera.

También puedo quejarme… la silla es incómoda, me duele la espalda, hace mucho calor, hay mucha gente aquí.

Si mi pantalla prefrontal no funcionara como es debido ahora mismo me levantaría y me pondría a leer en voz alta todo esto que estoy escribiendo, pero todavía no estoy tan loca, aunque la ocurrencia me hace sonreír…

También podría ponerlos a todos a practicar yoga en silla. Corregiría la postura de sus espaldas, empezando por la mía.

Esta idea peregrina también me hace sonreír.

Reeducación postural se llama.

En fin… acaban de decir mi nombre por megafonía… doña fulanita de tal. Sala dos.

EscucharTe lo leo en voz alta