Una mirada infantil
Desde la ventana del tercer piso del soberbio edificio del siglo pasado, situado, en lo que hoy, es el centro neurálgico de la ciudad, el Corte Inglés de Sagasta, una niña inocente de nueve años, sentada en un sencillo pupitre de madera, contempla admirada, (admirar en su acepción de considerar con estima y agrado algo extraordinario), como las mamás y las tatas de las casas de enfrente, abren, de par en par, los grandes ventanales del salón comedor, las habitaciones principales que dan al paseo.
Dejan entrar la temprana primavera y airean, con salero, espacios, alfombras, mantas y pañitos de ganchillo, tejidos por la abuelita, destinados a cubrir las superficies más insospechadas de la estancia.
Reposabrazos y cabezas de elegantes sofás, repisas diversas, incluida la de la nueva y envidiada televisión, mesa de comedor imponente, de los Certales, con acabado en marquetería tradicional, mesita accesoria para el teléfono góndola con cable interminable, mesa camilla con brasero interior incorporado y demás elementos decorativos de la casa.
La admiración de la niña, de rostro lindo, aunque ella todavía no lo sabe, obediente y perfectamente uniformada de gris y azul marino, bata de listas verdes y negras, también llamada de pescatero, por los colegios rivales envidiosos, brillantes mocasines y tupidos leotardos de invierno, estirada coleta y sonrisa delicada, la admiración, decíamos, proviene de un pequeño y diminuto componente de su estructura genética, el famoso cromosoma XX.
A ella le gustaría estar allí, limpiando, aireando y cantando coplas de Conchita Márquez, boleros de los Panchos y rancheras de María Dolores, al son de la música ofrecida por el viejo y considerablemente grande, aparato de radio, sobre el que, cómo no, luce reluciente un sobretapete de ganchillo.
Limpiar y ordenar le parece grandioso.
Ella de mayor quiere ser mamá y jugar a las casitas durante el resto de su vida. ¿Puede haber algo mejor?
Por Navidad pide a los Reyes Magos, que desde hace poco resulta que son los padres, el completo y último modelo kit de limpieza, con fregona, escoba, recogedor, delantal y cofia.
El traje de tata también le gusta mucho, tan planchado, negro y elegante.
Qué se le va a hacer, entre mamá y tata, anda, en rifa y sorteo, el futuro de la niña.
No sabe la pobre desdichada que será obligada a estudiar leyes, como su papá, bajo pena de ser cancelada, muchos años después, por la nueva corriente feminista de turno.
Ser ama de casa, con lo mucho que ella ama lo de casa, estará en unos pocos años, menospreciado, denostado, criticado, perseguido y pisoteado. Quien lo defienda correrá el peligro de ser etiquetada como paria, por la más exquisita progresía.
Así que durante mucho tiempo mantuvo sus anhelos domésticos en el más absoluto secreto, enterrado bajo siete llaves.
Tuvo que ejercer, con agrado, en la intimidad de su hogar, de buena madre y esposa, cocinera, limpiadora, planchadora y demás labores adorables. Ejerció, asimismo, de jurista opositora y competente secretaria interventora, frente a un público familiar agradecido que no dejaba de aplaudir sus logros sociolaborales.
Bajo las fauces de esa absurda paranoia vivió la dulce niña sin entender, muy bien, su mala fortuna, convencida de que con haber nacido treinta años atrás, hubiera disfrutado de una felicidad sin límite.
Todo lo de épocas pretéritas le resultaba atractivo.
Los peinados, las pelucas, los vestidos, los tacones, los abrigos y los guantes, los collares y pendientes, los tocados del cabello.
Suspiraba, rendida de adoración, ante los bailes de vueltas imposibles de Fred Astaire y Ginger Rogers.
Todos los actores de la tele le recordaban la belleza de su madre y la elegancia de su padre.
¿Qué tenía de malo querer ser como ellos?
Ahora, se acerca a la edad dorada, como la tarjeta de Renfe, satisfecha y sin complejos, convencida de que, por fin, los mejores años de su vida se encuentran a la vuelta de la esquina.
Acompañada de Roombas redondas que se mueven a su antojo por la casa, aspirando todo lo que encuentran a su paso, mordiendo cables y tragando calcetines, luces y persianas que se activan con la voz, Alexas musicales que informan solícitas sobre la temperatura de la soleada mañana, freidoras de aire que cocinan solas, armarios que planchan y desinfectan ropa y demás utensilios ultrasónicos que le transportan sin remedio a un glorioso futuro que ya está aquí, la niña de entonces, vive feliz al fin, esperando la llegada del último modelo de aspirador Dyson, sin cable y de potencia inimaginable, último modelo del mercado internacional.