La droga del saber
En mis innumerables intentos de convertirme en una buena escritora, o cuando menos legible, estimable o digerible, me he dado cuenta de un insignificante detalle que, a simple vista, me había pasado inadvertido.
Esa inquietante minucia rondaba, en los últimos tiempos, por mi cabeza sin llegar a adquirir una forma determinada, sin acabar de manifestarse en una idea clara y concisa que pusiera fin a mi desasosiego.
Después de mucho darle vueltas, una mañana, leyendo a Murakami, un fogonazo dio luz en mi cabeza.
Caí en la cuenta, como Alicia por el hueco del árbol, de que lo que verdaderamente me gusta es iniciar historias.
Disfruto empezando la narración.
El principio es lo más divertido.
Nada del nudo, ni del desenlace, ni gaitas de esas.
Nada de finales sorprendentes, abiertos o cerrados, ni golpes de giro desafortunados.
Es en el comienzo donde yo hallo el deleite máximo.
Ese ligero nerviosismo, la excitación de lo que está por venir, el meollo, la esencia, el ADN, el origen seminal de la creación.
Allí está lo mejor, sin duda alguna.
Así que he decidido que, a partir de ahora, solo escribiré los comienzos, ya sean de novelas, relatos, cuentos o ensayos.
Solo verán la luz las dos o tres primeras páginas.
Lo de seguir adelante no es para mí.
Creo que, de alguna manera, hay un momento en el que seguir escribiendo me hace sufrir, me inquieta. No me siento segura en ese terreno remoto del más allá de los albores; no me veo capaz de concluir con éxito tamaña labor.
Así que, decidida a disfrutar al máximo con mi afición de plumilla, desde este momento me entregaré en cuerpo y alma a los principios.
El proceso en sí mismo es casi milagroso.
Ese instante en el que la historia comienza a tomar forma en mi cerebro tiene algo de misterio sobrenatural.
Primero, la idea.
Esa chispa es la que, a mi humilde parecer, encierra mayor cantidad de magia.
Es algo completamente irracional, ajeno al proceso mental ordinario y, precisamente por ser incomprensible, es por lo que más la valoro y paladeo.
Tras la idea, los personajes: su edad, su personalidad, su historia y su patología; sus carencias y sus logros, sus bellezas y fealdades.
La elección del narrador, el tiempo verbal, el lenguaje coloquial, barroco o simbólico.
Esbozar un esquema para no perdernos demasiado, si bien en mis principios eso será muy difícil.
A continuación, tambores de expectación: el proceso de documentación.
Es como volver al colegio, como aprender y almacenar datos, pero, en lugar de por obligación, por puro y absoluto placer.
Conocimiento y placer oculto van indisolublemente de la mano.
Cuanto más sé, más quiero saber.
Consultar la Wikipedia, en mi caso, es droga dura.
Me crea una especie de dependencia y me concede un poder secreto difícil de explicar.
Cuando tengo que elegir los nombres de los personajes, pongamos, nombres más comunes en la Galicia del siglo XIX, le doy al botón y me aparecen por arte de Google: Manuel, José, Antonio, Francisco, Juan, Benito e Ignacio; nombres todos ellos fuertemente influenciados por la tradición católica y el santoral.
También eran muy comunes los nombres compuestos: el primero de un santo y el segundo siguiendo la tradición familiar.
¿Lo veis qué maravilla?
Si voy a situar la acción de mi principio de novela, pongamos, en un país que no conozco ni por asomo, como podría ser Tasmania, ya me pongo nerviosa de la ilusión y comienzo a viajar con mi imaginación en el Boeing 747 de la IA: abróchense los cinturones y disfruten del paisaje, porque Tasmania es un lejano estado insular de Australia, situado a unos 240 km al sur del continente y separado por el estrecho de Bass.
Es famosa por su naturaleza salvaje y virgen.
Conocida como «el corazón del mundo» por su forma, es montañosa y prístina, de clima templado, y posee una fauna única e incomparable, entre la que destacan el demonio de Tasmania, ornitorrincos y ualabíes… a saber.
Fascinante, ¿a que sí?
Si mi principio de cuento incluye los hábitos culinarios centroeuropeos en el medioevo, ¡tachán!, Google me dice que, marcados por la jerarquía social, la influencia de la Iglesia y los productos locales y estacionales, consumían preferentemente pan negro de centeno, cebada, mijo, gachas, lentejas, habas y guisantes, coles, nabos, puerros y zanahorias para las clases bajas.
La carne, principalmente de cerdo, caza, ternera y aves, estaba reservada a las clases nobles y al clero.
El agua, a menudo insalubre, no era muy apreciada.
Preferían cerveza, vino, hidromiel y sidra.
Ante la falta de refrigeración para la conservación de los alimentos, se utilizaba la salazón, el ahumado, el secado y la fermentación.
Dos comidas al día con cuchara y cuchillo. El tenedor era entonces un gran desconocido.
Tendré que parar, aunque me cuesta…
La forma de vestir de mis personajes, la orografía del terreno en el que se mueven, la forma de nacer, vivir, morir o ser sepultados, sus costumbres, creencias y mitos…
Podría estarme horas, días y semanas acumulando datos que nunca utilizaré, ya que en tres o cuatro folios me sería imposible introducirlos sin ser tachada, por mis ilustres y eruditos maestros, de wikipedista, listilla o, en el peor de los casos, soberbia y arrogante.
Sin embargo, todo me parece poco.
Todo me sirve para poblar de infinitas posibilidades mi futuro, corto y efímero principio.
Sé que esto no tiene ni pies ni cabeza.
Sé que es, en sí mismo, una enorme contradicción, un pomposo oxímoron donde el exceso de información jamás tendrá cabida en mis escuetos comienzos narrativos.
Y concluyo aquí, que ya llevo más de un par de folios y no conviene faltar a mi palabra…
Otro día os hablo de la elección del título, que se las trae…