Te oigo
fue después del accidente.
Yo tampoco creía en estas cosas, lo juro, pero esta vez me estaba pasando a mí.
Cuando salí del coma, después de más de seis meses de silencio, me di cuenta de que algo no andaba bien.
Recordaba, a retazos, haber escuchado con perfecta nitidez, durante mi largo sueño postrado en la cama del hospital, no solo las palabras, sino también los pensamientos de los enfermeros, doctores, celadores y limpiadoras.
Pude escuchar el sufrimiento de mis padres, la propuesta de mi hermano pequeño para cambiarle el cuarto y prestarle la pelota de tenis firmada por Nadal, con la clara intención de presumir y ganar puntos entre sus compañeros de clase.
Escuché la despedida de mi novia, que entre lágrimas de cocodrilo, me abandonaba, asegurando que nunca me olvidaría y que era lo mejor para los dos.
Las aburridas lecturas de mi mejor amigo dispuesto a no tirar la toalla en su afán por convertirme en una persona de provecho.
Después de abrir los ojos de nuevo al mundo, me contaron que el golpe en la cabeza me había producido un derrame cerebral masivo, tras el cual, nadie se explicaba cómo había conseguido permanecer con vida y, más aún, despertar sin aparentes secuelas significativas.
Lo que no sabían, ni yo era capaz de explicar, era por qué podía escuchar con claridad meridiana absolutamente todo lo que pensaba la gente en un amplio radio de distancia a mi alrededor.
Al principio me asusté. No era para menos.
Pronto, me pareció divertido y sopesé las innumerables ventajas que podía acarrear mi reciente habilidad.
Con el paso de las semanas comenzó a resultar insoportable.
En unos pocos meses creí que me volvería completamente loco si no encontraba la manera de acallar la tormenta de verborrea mental que me rodeaba y me perseguía a todas partes.
Entrar en un centro comercial, en un estadio de fútbol o en una simple sala de cine me era completamente insoportable.
Descubrí, muy a mi pesar, que la mente de la gente no calla nunca, ni siquiera cuando duerme.
Incluso en sueños, podía escuchar los delirios oníricos de mis padres y las chorradas adolescentes de mi hermano.
Ponerme los cascos con música a todo volumen, conseguía en ocasiones mitigar las voces insoportables que gritaban a mi alrededor.
Pero, no era, ni con mucho, suficiente para intentar mantener mi equilibrio mental, cada vez más frágil y deteriorado.
Descubrí, esperanzado, que ni los animales ni las plantas tenían pensamientos, o al menos yo no era capaz de escucharlos.
Así que solo en soledad y rodeado de naturaleza podía encontrar algo de descanso de la ruidosa y abundante basura mental de mis congéneres.
Mi conducta y personalidad cambiaron tan llamativamente que mis padres me llevaron al psiquiatra.
Confiando, inocente de mí, en el secreto profesional, le confesé al terapeuta, una tranquila tarde de verano, mis desvelos y pesares provocados por mi nuevo superpoder.
No solo no me creyó sino que fui erróneamente diagnosticado de esquizofrenia paranoide.
Gracias a dios a mis padres aquello les sonó a error de criterio médico y me cambiaron inmediatamente de especialista.
Al nuevo doctor le engañé fácilmente hasta convencerle de que era un chico absolutamente normal de veinte años, convaleciente de un terrible accidente de moto y con un brillante futuro por delante.
Me di cuenta de que gracias a la ventaja de escuchar los pensamientos ajenos, me era muy sencillo no solo engañar a los demás, sino también caer estupendamente bien a todo el mundo, sencillamente diciendo aquello que querían escuchar.
No fue difícil terminar una carrera con las mejores calificaciones, sentándome junto al oportuno empollón cuya mente pensante parlotea sin cesar mientras escribe las respuestas del examen.
Superar las entrevistas de trabajo sin mayores dificultades, me dejó, al fin, elegir, tras darle muchas vueltas, una ocupación que me permitiera no tener que relacionarme con ninguna mente en estado de actividad ordinaria.
Así es.
Después de mucho cavilar llegué a la conclusión de que solo entre muertos encontraría la paz.
Los difuntos no piensan.
Son agradables y silenciosos.
Se despiden de este mundo sin nada que opinar ni nada que decir.
Simplemente se van y mientras lo hacen yo me ocupo de todo.
No hay nada en este mundo mejor que un buen Tanatorio.
El negocio privado ha resultado ser tranquilo y lucrativo.
Lo dirijo con escrupulosa pulcritud, atendiendo con delicadeza y amabilidad las necesidades de los afligidos familiares, que quizá como consecuencia del shock por la reciente pérdida, mantienen, sin saberlo, sus mentes en un agradable estado de seudo silencio.
Podría afirmar, sin miedo a equivocarme, que entre silenciosos Cadáveres anda suelta mi esperada felicidad.
Relatos sobre espiritualidad, yoga, Reiki, conciencia y trascendencia.