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Soplado al corazón
III La búsqueda del ser

Historias de yo

4 min de lectura

Esta es la historia de Yo.

No toda, solo una de sus muchas historias.

Esta historia, entre todas las demás, tiene un valor especial para Yo porque la cambió para siempre.

Yo tenía veintiséis años, un hijo pequeño y un marido tan joven e inexperto como ella.

Se querían a rabiar y estaban decididos a demostrarle al mundo que el amor puede con todo.

Yo acababa de aprobar unas oposiciones, había empezado a trabajar y a cobrar un sueldo que a ella le parecía astronómico comparado con la nada.

Se podría decir que todos sus sueños se estaban cumpliendo. Pisaba fuerte y segura cuando andaba por el paseo de la Gran Vía, repitiéndose a sí misma como un mantra: he aprobado, he aprobado, he aprobado.

Y, sin embargo, Yo se sentía vacía por dentro.

Era un vacío inexplicable que no respondía a ninguna razón razonable.

Era el frío y aterrador vacío de la existencia.

Yo nunca imaginó que sería un bestseller voluminoso y nada prometedor, que no recuerda quién puso en sus manos, un simple libro de 736 páginas, el que la sacaría como por arte de magia del pozo en el que se había metido ella solita.

Yo, al leer aquel libro, sintió LA LLAMADA, y yo, la narradora, escribo LA LLAMADA con mayúsculas y me meto en el traje de “Yo” para intentar transmitir mejor el sentido profundo de esa imborrable experiencia que lo pondría todo patas arriba.

Yo sentí la llamada leyendo la vida de Jesús, ficcionada por J.J. Benítez, en “Caballo de Troya”.

Durante mucho tiempo estuve sintiendo auténtica vergüenza cada vez que confesaba en público que un superventas me había cambiado para siempre.

Yo, lectora empedernida, culta e inteligente, con criterio y buen gusto para todo, me había dejado comprar por la tendencia de moda del momento.

Inaudito, pero cierto.

Hasta que comprendí que no fue el libro, sino su protagonista, el que literalmente robó mi corazón.

¿Conocéis esa frase de que las monjas se casan con Dios?

Pues es literal.

Se casan porque viven enamoradas de Dios y yo me acababa de enamorar de su hijo, nada más y nada menos.

No sé la página concreta del libro, ni el hecho histórico que narraba el autor, ni la hora, ni el día exacto en el que ocurrió.

Solo sé que, cuando cerré la última página de la novela, lloré con una profundidad y desde un lugar desde el que jamás había llorado.

Lloré mucho y en silencio.

Lo lloré todo.

Todo el dolor, todo el sufrimiento, no solo el mío, sino el del mundo entero.

Lloré la soledad y el vacío universal.

Lloré las esperanzas perdidas, la fe anhelada, los deseos de paz.

Lloré las guerras, la enfermedad y la muerte.

Me lloré toda yo y luego me lloré a todos.

Cuando el río se secó, una tranquila serenidad se derramó sobre mí.

Miré hacia adentro.

Ya no había vacío en mi interior; en su lugar solo encontré amor.

Amor por todas partes.

Dentro y fuera de mí, amor.

Amor por el Jesús que me había tocado con su mano, que me había llamado con su voz.

Y yo me enamoré perdidamente de ese amor.

Al principio pensé que sería flor de un día.

Como hacen todos los enamoramientos, el mío pronto desaparecería con la misma discreción con la que había llegado.

Pero no ocurrió así.

Yo me levantaba y me acostaba, día tras día, semana tras semana, mes tras mes, tan vestida de amor como al principio.

Ese amor parecía haber llegado para quedarse.

A pesar de lo mucho que quería a mi marido y a mi hijo, barajé la posibilidad de hacerme monja, pero la descarté enseguida.

Mi Jesús no me pedía eso.

En aquellos días podía oír su voz con toda claridad.

Hablé con miembros de algunas órdenes religiosas, incluido el Opus Dei.

Todos me escucharon y respetaron con la misma paciencia y humildad.

Yo, dijeron, debía escuchar la palabra de Jesús y elegir libremente mi camino.

Fue entonces cuando mi tía Mari Nieves me rogó que no entrara en ninguna congregación.

—Prueba con el yoga —me dijo—. Es un camino espiritual que te dará la libertad necesaria para encontrarte a ti misma.

Aquella música me sonó muy bien y así comenzó mi sendero en el yoga.

Hasta hoy…

Pero esa es otra de las historias de Yo que hoy no me toca contar aquí.

EscucharTe lo leo en voz alta