Flor de loto
Mamá se había ido para siempre, con un marchante de arte afamado, a vivir quién sabe dónde.
No hubo manera de tapar el escándalo.
Papá se quedó compuesto y sin novia, en un santiamén, con una considerable mochila de seis hijos y ningún recurso psicológico reseñable para sacarlos adelante. Recursos monetarios, gracias a Dios, no le faltaron nunca, pero él sí que faltaba demasiado a menudo de nuestro hogar en Zaragoza.
Notario en Igualada, pasaba los cinco días laborables de la semana en la pujante localidad catalana, y los dos días festivos restantes en casa con los niños, encerrado en su despacho, escuchando ópera y llorando su nido vacío y su maltrecho orgullo.
Pidió permiso a la obra de Monseñor para que su numeraria hija mayor dejara el convento y pasara un tiempo razonable cuidando de la familia, mientras él recomponía su malograda existencia y los niños crecían un poco. El pequeño tenía tan solo siete años y necesitaba una buena y piadosa figura materna.
Papá y mamá siempre habían viajado mucho. La paseaba por el mundo, orgulloso de su gran belleza. Mi mamá parecía una auténtica estrella de Hollywood. Antes de que todas sus fotos desaparecieran de casa, como por arte de magia, tuve tiempo de requisar una, donde posaba distraída y elegante con su abrigo de visón marrón, mirando hacia el puente de Brooklyn. Pasados cuatro años de conveniente luto social, por sugerencia de su consejero espiritual, mi padre decidió volver a viajar, esta vez, con uno de sus hijos mayores.
Todos silbaron y miraron para otro lado.
—Tengo mucho que estudiar.
—Tengo que ir a las colonias con los boy scouts.
En fin, pensó mi padre, me llevaré a la dócil Cristina. Solo tiene dieciséis años, pero creo que sabrá apreciarlo.
Yo dije un rotundo sí y fui premiada con la difícil tarea de elegir el destino del viaje.
—Elige el país del mundo que quieras —dijo papá.
—¿De todo el mundo? —pregunté yo.
—De todo el mundo —contestó él.
Y casi sin pensar, por pura intuición, como guiada por una mano oculta, elegí la India.
El viaje con papá a cuestas resultó algo pesado, pero yo solo tenía ojos para aquel maravilloso país del país de las maravillas.
Olía espantoso, hacía un calor infernal, todo era sucio y apestoso, pero para mis adolescentes y soñadores ojos aquello era mejor que el mejor de los sueños.
Bullicio, alegría, colorido y palacios de película se mezclaban con la más absoluta y patética de las miserias.
Vacas sagradas por doquier, bicicletas, rickshaws, bocinazos de coches desastrados, empujándose unos a otros por las calles sin, milagrosamente, tocarse en absoluto.
Mercados de comidas sabrosas y picantes, especias de aromas y colores indescriptibles. Comercios de telas, alfombras y brillantes baratijas.
Devoción y misterio, servilismo y orgullo señorial, contento y bondad, elegancia, resignación y fortaleza constituían un tutifruti perfecto de la quintaesencia de la vida para una alucinada adolescente de provincias.
Fue durante los últimos días del viaje donde tuvo lugar el milagro.
Recalamos en Srinagar, capital de verano del estado de Cachemira, en el norte del país.
Nos alojamos en las casas flotantes del lago Dal, rodeados de jardines flotantes, flores de loto de todos los colores y una exuberante vegetación de incalculable belleza.
Un deleite paradisíaco para los cinco sentidos.
En nuestra lujosa casa de madera, primorosamente tallada al estilo colonial inglés, disponíamos de barquero, mayordomo y cocinero particular a nuestro más exclusivo y exquisito servicio.
Nada más poner el pie en la exuberante y palaciega embarcación supe que allí sucedería algo inusual.
Durante la tercera noche de nuestra estancia en el barco no podía conciliar el sueño, estimulada por tanta maravilla.
Aquella misma tarde habíamos visitado la supuesta tumba de Jesucristo. Los lugareños sostenían que allí vivió y murió nuestro Jesús de Nazaret tras sobrevivir a la crucifixión.
Me bullía la cabeza, parecía que me iba a estallar.
Salí a respirar el suave aroma nocturno del lago.
Sentado sobre una amplia y desgastada alfombra de cachemira, con las piernas cruzadas a lo indio, meditaba tranquilo nuestro viejo mayordomo.
Resplandecía en la oscuridad, vestido de blanco inmaculado.
De edad incierta y aspecto limpio y elegante, despedía una paz inenarrable que casi podía tocarse con las manos.
Me senté sigilosamente junto a él y, en un lamentable chapurreo del inglés, que ambos dominábamos a la perfección, charlamos amigablemente sobre la realización espiritual del ser.
Yo no sabía muy bien qué significaba todo aquello, pero algo en mi interior debía saberlo mejor que yo misma, porque quedé absolutamente embelesada por la conversación.
Zambullida en la profunda y enigmática mirada de Ramesh, desaparecí de mí, por un tiempo sin tiempo que no supe cifrar, transportándome a un lugar sin espacio donde experimenté un estado de plenitud y de dicha imposible de definir.
La Cristina que regresó de aquel minuto sublime ya nunca volvería a ser Cristina.
Ramesh, mi maestro en la distancia a partir de entonces, me concedió el nombre sánscrito de Sravani Kamala, o Escuchadora flor de loto.
Tardé meses en borrar una sonrisa bobalicona de mi rostro, que nadie lograba descifrar.
La mirada distraída y embelesada se me quedó para siempre.
Todos pensaron que me había vuelto tonta.
—Esta niña parece que está en Babia —decían.
Pero yo me limitaba a sonreír y a callar, guardando en mi interior la luz del discernimiento que guiaría a partir de entonces y ya para siempre mi devenir por esta encarnación.