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Soplado al corazón
III La búsqueda del ser

Cho Ku Rei

4 min de lectura

Con mi máquina de escribir portátil Olivetti Lettera 32, de los 90, que había comprado nueva por 3.500 pts, con los primeros frutos de mi trabajo en el rotativo de mayor tirada de la pequeña ciudad de provincias en la que residía, y una modesta maleta cargada con poca ropa y muchos sueños, embarqué para el país del sol naciente en una fresca y prometedora mañana de primavera.

Corría el año del fin del siglo.

También era el final de mi vida anterior.

Un rayo de luz se filtraba tenue y temeroso por entre las tinieblas enmarañadas de mi conciencia.

Siguiendo esa delgada y fina línea de energía lumínica, decidí cambiar mi futuro y emprender el que resultó ser mi gran viaje de autodescubrimiento.

El conocimiento profundo del idioma —mi abuelo Haruto era japonés— y un oportuno intercambio de colaboración con un diario de Kioto me facilitó un tentador contrato de un año en aquellas lejanas tierras.

La posibilidad de conocer de primera mano el origen de mis ancestros era difícilmente rechazable, y nada me ataba ya a una desgastada y tediosa vida en España.

A mi llegada me instalé en un diminuto y sencillo apartamento a las afueras de Kioto, no muy lejos de las oficinas centrales del periódico.

Me adapté con relativa y sorprendente facilidad a mi nueva situación vital y laboral.

Todo me resultaba conocido.

Nada me era ajeno ni demasiado extraño.

Parecía auténtica magia.

Las señales estaban allí.

Se presentaban ante mí y no tenía más que seguir sus marcas.

Dejándome llevar por ellas, empecé a escribir en mi Olivetti el artículo que transformaría mi vida para siempre.

Sentado en el precario escritorio frente al amplio ventanal de la única habitación de mi apartamento, con vistas a un pequeño parque repleto de cerezos, ginkgos, arces y cedros japoneses, comencé a teclear la historia de Mikao Usui.

Siguiendo su viaje de descubrimiento personal, experimenté el mío propio.

Inicié el trayecto por el final.

Viajé para conocer la ciudad de Fukuyama, en la prefectura de Hiroshima, donde el maestro y descubridor del Reiki murió en 1929.

Había sido periodista, como yo, funcionario, trabajador social, secretario personal de un conocido político, esposo y padre de dos hijos, voluntario sintoísta, pero su búsqueda incansable de la paz y del estado de serenidad perfectas condujo sus pasos por el camino espiritual.

Pasé dos reveladoras semanas de silencio en el monasterio zen de Kioto donde Usui se retiró durante tres añoss.

Visité el monte sagrado de Kurama, donde, tras veintiún días de ayuno y meditación, el maestro experimentó «la Gran Energía Espiritual», que bautizó con el nombre de Reiki.

Ese despertar transformador le inspiró para compartir su descubrimiento con el mundo entero.

En su compromiso con el bienestar de los demás, dejó un legado de compasión y espiritualidad, recordatorio de que la verdadera paz no es solo un estado, sino un auténtico camino de autodescubrimiento, transformación y crecimiento para quienes lo recorren y cuantos les rodean.

Tras el gran terremoto de Kantō en 1923, una catástrofe que devastó Tokio causando la muerte de más de 140.000 personas, la solidaridad de Usui Sensei y sus discípulos, que ofrecieron sesiones de Reiki a innumerables víctimas, le valió la condecoración del Emperador japonés con el Kun San To, en reconocimiento a su gran labor humanitaria.

CHO KU REI es el símbolo de esa fuerza, de ese poder, de esa energía.

Ahora yo lo dibujo en mis manos, en mi cuerpo, en mi aire, en pequeñas tarjetas adhesivas que coloco debajo de mi cama, de mi silla, del vaso en el que bebo, del plato en el que como, de la máquina en la que escribo este mismo relato.

Inspirado por este símbolo de canalización de la energía universal, he decidido dedicar mi vida a cultivar la compasión y la conciencia, siguiendo los pasos del que estaba llamado a ser mi maestro.

He dejado mi máquina de escribir en un banco del parque, al amparo de los arces.

Alguien le dará buen uso.

Bajo su base he dibujado el símbolo sanador de la energía Reiki.

Solo la paz y la bondad acompañarán las manos que la hagan teclear después de mí.

Desprovisto de todo lo accesorio, parto ya hacia mi nueva ruta, allí donde la magia me conduzca.

Dedicado a servir, la entrega es mi morada.

EscucharTe lo leo en voz alta