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Soplado al corazón
III La búsqueda del ser

Abandono

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Abandono es una palabra ambigua.

El significado que habita mi corazón no es la dejadez, ni la fuga, ni la huida.

No es el dejar de hacer, ni de esforzarme, ni de crecer.

No es rendición, ni renuncia cobarde.

Mi ABANDONO es otro.

Es fluidez, es devenir, es mansedumbre.

Me poso en las manos cálidas de la existencia y dejo que me lleve, que me acune, me mezca, me cobije.

Ya no voy sola, todo me habita.

Hace tiempo que dejé de luchar.

Ya no hay guerra, ni batalla, ni tregua.

Nadie gana ni pierde.

No hay culpa ni reproche.

No hay pasado que atrape mis pesares, ni futuro opresivo, ansioso y pedigüeño.

Hay un presente enorme que no deja lugar a tiempos lastimeros.

Solo en el abandono encontré mi lugar.

Sentada frente al lago contemplo y poco más, por no decir que nada.

No es mirar ni atender: es solo contemplar.

En mi contemplación no hay nada que esperar.

No busco: encuentro.

No pido, ni espero, ni ansío.

No hay acción alguna, pues no hay nada que hacer, tan solo contemplar.

No pongo ni quito nada.

No nombro las cosas.

No las etiqueto, ni las encajono, ni las encapsulo.

No juzgo.

Ni gusto ni disgusto de nada de lo que hay.

Todo lo que sucede conviene, sin dudar.

Mi presente es perfecto, tal cual se manifiesta.

El lago es un espejo.

Su superficie, en calma, no se ve perturbada por onda alguna.

Si me acerco a su orilla y miro a través de él, puedo ver todo el fondo.

Sus habitantes, sus plantas, sus arenas, sus luces y sus sombras, sus abismos insondables se muestran ante mí.

De la misma manera, cuando mi mente calla puedo ver mi naturaleza profunda, mi verdadero ser.

Si una pequeña piedra cae en la superficie, como un vulgar pensamiento atravesando mi espacio de conciencia, el espejo se borra y la visión termina.

Cuando, al cabo de un tiempo, las suaves ondas concluyen su presencia, el espejo retorna y ahora veo, reflejado sin mancha, todo el paisaje circundante, reproducido a la perfección.

Parece una nítida fotografía o un excelente cuadro del hiperrealismo.

En el espejo del lago se me conceden las montañas, sus cumbres ya nevadas, los abetos, los pinos, los hayedos, abedules, senderos, cabañas, algún grajo, aguiluchos, un sarrio, una ardilla, el jilguero.

La nube, el sol poniente, el azul infinito.

El recuerdo de las palabras de mi maestro viene a mí: —Todos somos el infinito cielo azul; lo demás es pura y simple meteorología.

Las nubes, las tormentas, los truenos y los rayos, los vientos, los tornados; todos los pensamientos, buenos, regulares, oscuros o siniestros, son solo pensamientos: pura y simple meteorología.

Recuérdalo siempre: tú eres el infinito cielo azul.

Eterno, imperturbable, inmanente, innombrable.

Las tormentas pasarán, un viento cálido se llevará tu mente, y tras ella siempre quedarás tú.

Desprovista de ti, sin historia, sin futuro, desnuda de deseos, de apegos, de aversiones.

Sin miedos, sin preguntas.

Cuando te quitas todo y ya no queda nada, lo que aparece es TODO, pero esta vez mayúsculo.

La contemplación es abandono y el abandono es el encuentro del TODO.

Una palabra en sánscrito nos canta su sentido con solo pronunciarla: Ishvara Pranidhana, una odisea de paz.

EscucharTe lo leo en voz alta