La sílaba sagrada
Un olor, un sabor, un sonido, una palabra, una sílaba.
Son cosas que pueden contener la sustancia del “Todo” en el “Uno”.
Una gota de esencia aromática de lavanda contiene, en sí misma, cientos de campos repletos de flores de suave color violeta, cuyo cálido aroma induce tiernamente a la relajación y al sueño.
El sabor de la magdalena de Proust, en la búsqueda de su tiempo perdido, mojada en una ordinaria taza de té, transporta al escritor, en un nanosegundo, al metaverso de sus recuerdos, como diría Támara.
El sonido del timbre de la puerta, en mitad de la madrugada, puede sobresaltar al más pintado, haciéndole catapultarse fuera de la cama, elevando sus niveles de cortisol en sangre, su ritmo cardíaco, su respiración superficial, su temperatura corporal, generando una cascada, sin control, de pensamientos de temor sobre las infinitas posibilidades que puede encontrarse al abrir la puerta.
Probablemente sea su hijo adolescente que olvidó la llave.
La repetición de una palabra, un mantra en sánscrito, Namaste, Shanti, un Amén, el Kyrie Eleison o el Aleluya nos puede proporcionar, en un momento, actuando como una auténtica farmacia interna, el descanso y la paz que tanto anhelamos, en el transcurrir de una vida donde la prisa, el estrés, el nerviosismo y la angustia son el pan nuestro de cada día.
Una simple y pequeña sílaba puede contener en su interior la sustancia del universo entero.
OM, la sílaba sagrada, es el comienzo y el fin, es la eternidad, la infinitud, la naturaleza última de todas las cosas.
Es la esencia de aquello que no tiene nombre ni forma, ni espacio, ni tiempo.
Es lo indescriptible, lo intangible, lo inexplicable, lo inefable, lo inenarrable, lo incomprensible.
El macrocosmos contenido en un solo sonido.
El Uno, el que trasciende la dualidad de todo el universo conocido.
Escuchar el OM, cantarlo o susurrarlo, pone en funcionamiento al sistema nervioso parasimpático, activa nuestra respuesta de relajación, la respiración diafragmática se hace lenta y consciente, y junto con ella, todos los ritmos de nuestro organismo se calman, como por arte de magia.
Caudales de serotonina y dopamina fluyen por nuestro interior, regándonos de sosiego y de paz.
El corazón se aquieta, la temperatura desciende, la mente abandona su frenética actividad y nuestro cerebro transita de las ondas beta a las alfa, con una facilidad inusitada.
Nadie duda ya de la influencia saludable y pacificadora del sonido en las plantas, los animales, los niños, dentro y fuera del vientre materno, los ancianos y, en general, en todas aquellas personas aquejadas de enfermedades, ya sean físicas o mentales.
“En el principio fue el Verbo”, dice nuestro Antiguo Testamento, y algunas de las nuevas teorías científicas sobre la creación del universo corroboran la idea de un sonido original en el comienzo del movimiento expansivo de las galaxias, conocido como el Big Bang.
No puede saberse, no puede explicarse; nuestra mente ordinaria no puede acceder al conocimiento de la verdadera sustancia de la existencia.
Entre tanto, solo podemos acercarnos a la experiencia de estados diferentes de conciencia, que nos permiten entrever el aroma de los perfumes sublimes del Ser.
La eternidad, la bienaventuranza infinita, la benevolencia, la ecuanimidad, la humildad, la paz de espíritu y de pensamiento, la mansedumbre, la compasión, son cualidades que se adquieren con las prácticas de la meditación, entre las que se incluye la repetición de la sílaba sagrada.
Pero que no te lo cuenten: si te atreves, prueba y después opina.
Yo no sé mucho sobre nada, pero puedo contarte mi experiencia de pasear, en calma, entre la gente, mirando desde un lugar que no tiene latitud, en un tiempo que abandona su cuenta, hacia un espacio infinito donde todo coexiste a la vez, explotando de belleza, de paz y de amor, el verdadero tejido que cohesiona la creación entera.
Cuando mi corazón acoge sin medida esa experiencia de amor, no cabe nada más ni nada menos, porque lo tiene todo.
Deja de haber anhelos, deseos, necesidades; deja de haber preguntas, dudas, inquietudes.
No necesito saber ni obtener respuesta alguna. Ya estoy en casa, ya he llegado.
¿A dónde más podría querer ir?
Hay una hermosa palabra sánscrita que contiene ese lugar del que te hablo: Ayatana, la cueva del alma. Una vez que es encontrado, ya solo quieres morar eternamente en él.