Sueño consciente
El yoga nidra o sueño consciente es una práctica de relajación con demostrados efectos terapéuticos.
Me tumbo sobre la espalda en postura de relajación, sobre una superficie limpia y cómoda.
Coloco los cojines necesarios y me abrigo.
Cierro los ojos y recorro mentalmente mi cuerpo para sentir cómo la paz va envolviendo, con un manto delicado y sutil, todas mis estructuras, desde la envoltura completa de mi piel hasta cada una de mis pequeñas células y los espacios entre ellas.
Atiendo ahora el silencioso ritmo de mi reparación.
El aire entra y el aire sale.
Entra…
Sale…
Sigo estos procesos con atención relajada y serena.
Sin juicio de ningún tipo.
No espero nada.
No busco nada.
Tan solo encuentro.
Me limito a contemplar el lento transcurrir de la existencia.
El aire entra…
Sale…
Observo ahora el espacio infinito de la consciencia, que se abre frente a mis ojos cerrados.
Puedo mirar hacia arriba, hacia abajo, detrás, delante y en todas direcciones, sin solución de continuidad.
Algún pensamiento peregrino aparece ante mí y, al notar que no le presto ninguna atención, se marcha cabizbajo y desanimado.
Entre un pensamiento y otro, los espacios de silencio abisal se hacen cada vez más extensos.
Ya estoy preparada para viajar a mi casa imaginaria: mi lugar ideal de descanso, mi laboratorio experimental.
En su espacioso salón, con enormes ventanales que miran al mar —estos espacios internos pueden ser imaginados y decorados a voluntad—, me siento en mi sillón favorito con un álbum de fotos en el regazo.
Lo abro por su primera página y una fotografía de mi primera infancia me recibe con un grato aroma a mi abuela materna.
Ella me sostiene entre sus brazos y me dedica una mirada tierna y amorosa.
Mi madre, detrás de nosotras, yace tumbada en una antigua cama de cabezal repujado de hierro, con terminaciones florales doradas.
Descansa dormida en un sueño profundo, cercano a la muerte dulce del desangrado.
Ha estado a punto de morir, pero la intervención del médico rural, en el último momento, la ha arrancado del abrazo de la parca.
Vivió de milagro, me contaron mucho después.
En su segundo encuentro con la muerte no tuvo tanta suerte: se fue con ella para siempre una tarde de primavera, tras un inoportuno accidente de coche.
Solo tenía treinta y siete años y cinco hermosos retoños que pasaron el resto de sus vidas intentando sobrevivir a su ausencia.
Paso a la segunda página.
En la fotografía, estoy en las escalinatas de mi colegio de monjas, adolescente y anarquista moderada.
Mal vestida de moderna, creyendo todavía que mi padre es pobre de solemnidad y no nos puede dar más.
Con el tiempo me enteré de la verdad.
Era notario, estaba forrado y su enfermedad se llamaba dinero.
La tercera instantánea me devuelve a una ilusionada joven en la bancada azul del Congreso de los Diputados, en Madrid.
La Facultad de Derecho de mi ciudad ha organizado un viaje para conocer la institución, sede de la soberanía popular.
Ya soy novia de mi futuro marido.
Yo en primero; él, en tercero.
Nuestro romance fue fulminante y tremendamente intenso.
No podíamos, ni sabíamos ni queríamos separarnos.
Flechazo instantáneo.
Amor a primera vista.
El destino, el azar, la vida misma.
Paso la página para mirarme entre mi hijo, el día de su primera comunión, y el cochecito de bebé de su hermana, que duerme tranquila y feliz, con apenas unos meses de vida.
Salto a la siguiente foto, donde aparezco tomando una fotografía de mi hija de diecinueve años, desayunando en la casa de la playa.
Puedo ver mi reflejo en el gran ventanal que mira al mar.
Ella ladea la cabeza con gracia, guiñando los ojos, cegada por el sol de la mañana, de su última Semana Santa.
Seis meses después la incineramos en la fría morgue del Hospital Clínico de Barcelona, donde intentaron salvarle la vida con un trasplante de médula que no funcionó.
En la siguiente instantánea, estoy calva, calvísima, delgada y algo ojerosa, sonríendo junto a mi hijo mayor, que también sonríe feliz, el infeliz —no sé cuál de los dos disimula peor—, mientras recibo la sexta transfusión de quimioterapia.
Ya queda menos.
La operación fue antes; la radio, unos meses después.
El cáncer de mamá no pudo conmigo.
La última foto es del mes pasado, en Londres, la ciudad en la que nos conocimos mi media naranja y yo.
Los dos sonreímos.
Ahora, parece que de verdad.
Estamos en paz con el mundo y con nosotros mismos, a punto de jubilarnos y de comenzar una nueva y maravillosa etapa de nuestra vida.
La mejor.
Eso creo.
Porque la que viene siempre puede llegar a ser la mejor etapa de nuestras vidas.
Soy la que soy y estoy donde estoy porque todas esas Cristinas me trajeron hasta este preciso y precioso momento.
Me siento orgullosa de todas y cada una de ellas.
Las quiero, las comprendo, les pido perdón, las perdono y les doy las gracias porque sin ellas no me hubiera sido posible llegar hasta aquí.
La luz del discernimiento ilumina mi campo de conciencia y accedo, por un pequeño instante, al Ser Infinito Interior.
Solo consigo oler su aroma de eternidad, pero es suficiente para no desear nada más.