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Soplado al corazón
III La búsqueda del ser

Escueto ensayo sobre la existencia

2 min de lectura

Si en el principio fue el verbo, como dice nuestra tradición cristiana, hay que ver la bola de nieve que se ha ido acumulando a lo largo de los siglos.

De un simple soplo, a estos huracanes.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

¿Por qué, para qué, por dónde…?

Cuando era más joven, de lo que soy en la actualidad, solía hacerme muchas preguntas de enjundia, a menudo rocambolescas y profundas, sobre la existencia humana y los orígenes del universo.

Ya, en mi tercera juventud, tengo que reconocer que perdí un tiempo precioso.

Honestamente, tanta pregunta trascendente no sirvió de mucho.

No es que haya encontrado las respuestas, tras sesudos estudios y largos años de meditación; es que ya no tengo preguntas que hacerme.

Hay una bella y antigua teoría en el yoga que dice que el ser humano regresa al origen al morir.

Se podría afirmar que, más que evolucionar, involuciona.

Nace, vive y muere para volver al punto de partida, al estado de conciencia plena, pura e infinita.

El regreso a casa es el regreso a la Esencia.

Esa Esencia, con mayúsculas, que está en el origen de todo el universo conocido y por descubrir.

Esa Esencia que se manifiesta, en un primer momento, en energía; más adelante, en materia, y por último, en los seres animados, formando un mosaico de formas variopintas y extraordinarias que componen la creación entera.

Una de esas formas animadas por el alma y por la conciencia somos nosotros, los seres humanos.

Nos manifestamos, vivimos nuestras vidas y, al concluir, sencillamente regresamos al océano del que venimos.

Mar, agua evaporada, nubes, lluvia, gotas que caen y se funden en el mar de nuevo.

El ciclo sin fin.

El ocho tumbado.

El símbolo del infinito.

Y yo haciéndome preguntas inútiles toda la vida, pensando que eso me conduciría a algún lugar seguro.

Tonta de mí.

Como vengo sospechando desde hace algunos años, el origen de todas las cosas debe ser mucho más sencillo y simplón de lo que todos pensamos.

Ni siquiera merece llamarse origen, ya que coincide al cien por cien con el supuesto final, que, por ende, tampoco merece llamarse tal.

Concluyamos, por tanto, que sin origen ni fin solo queda el devenir.

Una inmensa bola de nieve que nace, crece y se desvanece sin otra intención que volver a aparecer.

Se podría decir que Dios juega con nosotros y que se lo está pasando en grande.

Me encanta pensar en esa idea divertida de la creación.

Seguramente se estará preguntando por qué nosotros no estamos disfrutando tanto de la fiesta como Él.

Dado que yo puedo elegir, decido divertirme cuanto puedo, en la confianza de un continuo acontecer.

Si no es así, no me preocupa, ya que en ningún caso habré perdido el tiempo. Pasándomelo bien siempre salgo ganando.

EscucharTe lo leo en voz alta