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Soplado al corazón
IV Vidas ajenas

Abajo, abajo, abajo

2 min de lectura

Abajo, abajo, abajo…

Descendiendo al otro mundo para mantenerme en este.

Abajo, abajo, abajo…

Entrando en el silencio atronador del mar.

Abajo, abajo, abajo…

La belleza, una vez más, empañando mis gafas.

Un hipocampo baila conmigo unos segundos, antes de seguir apresurado a sus hermanos, que galopan despreocupados entre peces de asombrosos colores.

Abajo, abajo…

Allí abajo distingo el abulón y junto a él dos hermosas caracolas.

A los erizos los dejo para luego.

Apenas queda tiempo para recoger los frutos y subir.

Un minuto para bajar, otro para buscar y arrancar, el tercero para volver a respirar.

Arriba el sumbisori, un hermoso silbido que intercambia los gases y me llena de oxígeno, anuncia mi regreso a las demás mujeres.

Y sin dilación, de vuelta a cosechar en los campos generosos del mar.

Cinco o seis horas, cien inmersiones.

Pesos de plomo en el neopreno, buenas aletas, mejores gafas, gancho en la mano y buenos pulmones.

Es todo lo que necesitó mi abuela, todo lo que me enseñó mi madre, y más que suficiente para mí.

Desde los quince años sigo la venerable senda marina de mis predecesoras.

El linaje de momento concluye en mí.

Tengo dos hijos varones que no seguirán mis pasos.

Solo las valerosas mujeres de la isla de Jeju están llamadas a perpetuar la tradición de las haenyeo.

Abajo, abajo, abajo…

Desciendo nuevamente en busca del erizo, las ostras y los pulpos.

Con un poco de suerte encuentro algún pepino y subo sin demora.

Abajo, abajo, abajo…

Mi madre en dos barreños jugando en el jardín.

Una, dos y tres, sumerjo la cabeza y contengo la respiración esperando que ella se rinda antes que yo.

Siempre ganaba yo. Dejando que lo hiciera aprendí a bucear con solo ocho años.

Lo llevaba en la sangre de cientos de sirenas vestidas de mujer, que antes que yo bajaron abajo, abajo, abajo.

Al principio tan solo con ropas de algodón.

Abajo, abajo, abajo…

Calculo sin pensar el tiempo que me queda, la presión, la marea, las corrientes marinas, la distancia a la boya que me espera flotando mecida por las olas.

No bajo nunca sola.

El grupo es numeroso.

Nuestras vidas dependen las unas de las otras.

Mi abuela a los 80 todavía bajaba, yo espero conseguirlo, como ella soñó.

Abajo, sin descanso, honrando día a día a toda mi familia de mujeres valientes, campesinas del mar.

En homenaje a las Haenyeo. Mujeres buceadoras a pulmón, de la isla de Jeju, en Corea del Sur.

Mariscadoras profesionales con una tradición de cientos de años.

Se sumergen a más de 20 metros de profundidad, pudiendo mantener la respiración de 2 a 3 minutos.

Nombradas patrimonio inmaterial de la humanidad por la Unesco.

En los años 60 eran más de 20.000, en la actualidad quedan poco más de 2.000, la mayor parte octogenarias.

EscucharTe lo leo en voz alta