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Soplado al corazón
IV Vidas ajenas

Víctima de otras víctimas

3 min de lectura

Si mi padre me hizo a mí, ¿cómo he podido yo hacerlo a él?

Él es mi hijo Juan.

He reconocido su cadáver en el anatómico forense esta mañana a las siete.

Era mi Juan, no cabe duda. Demacrado, azulado, enhuesado, descarnado, pero al fin sereno.

No lo veía sereno desde hacía años.

¿Cuántos? ¿Dos, tres? No sé. Ya no llevo la cuenta de esa eternidad de drogas, de alcohol, de violencia sin sentido.

Ahora ya me sé todos los nombres: fentanilo, metanfetaminas, benzodiacepinas, éxtasis, popper…

Todas terminan en el NPD, la nueva droga sintética psicoactiva con efectos desconocidos en el cuerpo humano.

Efectos como la muerte misma.

Yo ya venía llorado de casa, de días de incredulidad, de noches de insomnio, de semanas de ira incontrolable, de meses de llantos, portazos, gritos de: “No vuelvas a poner los pies en esta casa”, de robos de dinero, de joyas, de móviles, ordenadores, televisores, cuadros, plata, oro, alarma en la puerta, perro en el jardín, denuncias de los vecinos, denuncias nuestras, de sus abuelos, de su santa hermana Carolina.

Mi mujer no ha podido venir, o no ha querido. Agarrada a su fe y a su cama, hace tiempo que ya no es la misma.

Enamorado de su precioso rostro angelical, yo profesé, desde que nos casamos, su credo evangélico de la rama de los pentecostales, el más difundido del siglo XXI, nos recuerdan todas las semanas en el sermón dominical.

Lo intentamos con Juan y Carolina, pero ellos ya eran de otros mundos, demasiado separados del nuestro.

Incluso en el colegio se reían de ellos.

La niña era mayor y muy inteligente, tenía dotes de liderazgo y nunca le afectó demasiado lo que los demás opinaran de ella.

Pero el pequeño Juan era más débil, apocado y maleable.

Lloró mucho al principio. No quería ir a clase. Siempre estaba enfermo. Nada le sentaba bien. Vomitaba a menudo.

Pero al tiempo se le fue pasando y todo parecía ir bien hasta que dejó de parecerlo y comenzó el infierno de las borracheras, la violencia y los pequeños hurtos a escondidas, que terminaron en: “Me llevo todo lo que me da la gana, y si intentas impedírmelo, te mato” .

No sabíamos nada de él desde hacía meses.

Sin tener muy claro si eso era bueno o malo, intentábamos hacer una vida medio normal.

Me sigo preguntando dónde fallé, qué hicimos mal, cuándo empezó todo.

Tengo que admitir que las borracheras y las palizas forman parte de mi herencia familiar.

El padre de mi padre y mi propio padre, y quizás los padres de los padres anteriores… Desconozco hasta dónde llega la línea de mis ancestros alcohólicos y maltratadores.

Pero yo no he sido así.

Me juré a mí mismo romper con la horrenda tradición de víctimas de la adicción y los golpes.

Jamás probamos el alcohol en casa, ni mis hijos lo vieron o lo hicieron.

Les dimos un buen ejemplo a seguir, apoyado en las Sagradas Escrituras y en la vida y enseñanzas de nuestro Señor.

No se veía la televisión ni se permitían las redes sociales, salvo en contadas excepciones.

La firme moral y los valores evangélicos guiaban nuestra sencilla existencia, a imagen y semejanza de Jesús.

Mi hija Carolina no quiso seguir los pasos de nuestra iglesia, pero tampoco la obligamos a ello.

Cuando tuvo edad suficiente para tomar sus propias decisiones, se marchó a estudiar psiquiatría a Madrid y hoy es la directora de uno de los hospitales más importantes de la capital.

Llegará esta tarde a casa para, como siempre, arroparnos y atendernos en todo lo necesario.

Siempre ha estado ahí, tan cariñosa, solícita y atenta, para nosotros, para su hermano, para sus abuelos, apoyando y ayudando en todo y para todos…

Y yo no dejo de preguntarme: si mi padre me hizo a mí, ¿cómo he podido yo hacerla a ella?

EscucharTe lo leo en voz alta