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Soplado al corazón
IV Vidas ajenas

Alien

4 min de lectura

Hasta que descubrí que Alien vivía dentro de mi cabeza, toda mi existencia fue una carrera de obstáculos.

Nadie se lo explicaba.

Tenía un coeficiente intelectual superior a la media, dos carreras, hablaba cuatro idiomas, era bien parecida, educada y discreta y, a pesar de todo, mi vida era un completo fracaso.

Sufría, desde niña, amnesias recurrentes e inexplicables que me dejaban en blanco por periodos de tiempo de los que no recordaba nada.

Dormía mal, me saltaba las comidas y me resultaba verdaderamente difícil entablar relaciones sociales estables y satisfactorias.

Nada funcionaba bien, pero había conseguido acostumbrarme al caos.

Gracias al fideicomiso que el albacea de mi familia me hacía llegar todos los meses, sobrevivía sin grandes restricciones, teniendo en cuenta que me era imposible permanecer en cualquier puesto de trabajo más de unas cuantas semanas seguidas.

Olvidaba las tareas, los horarios, los nombres de las personas, los lugares donde dejaba las cosas.

No tardaban mucho en prescindir de mis servicios, a pesar de mi sobresaliente formación y buena disponibilidad.

Tras el último accidente del que, por supuesto, no recordaba los detalles, fui ingresada en el hospital, donde permanecí más de tres meses en un coma profundo.

Al despertar comencé a oír la voz de Alien con toda claridad en el interior de mi cabeza.

Esa nueva inquilina cerebral, que había venido para quedarse, me exigía atención y completa obediencia las veinticuatro horas del día.

Fue, unos meses después, al mirarme una mañana en el espejo del baño de mi habitación, cuando también pude contemplar su imagen. Era otra yo, pero más estricta y exigente. Perfecta e implacable, había surgido frente a mí con el único propósito de criticar todo lo que yo hacía, decía o pensaba.

Ella era la virtuosa e inteligente; yo era la inútil y fracasada.

Así, se fue adueñando de la mayor parte de mis tareas diarias y, sorprendentemente, las cosas empezaron a mejorar para las dos.

Me contrataron, como intérprete, en una gran compañía taiwanesa; comencé a tener amigos y hasta algún que otro pretendiente.

Ella vivía de día y yo tan solo habitaba mi cuerpo durante las noches.

Para dejarme callada y encerrada en sus sueños, un día me contó la verdad de lo que había sucedido cuando las dos teníamos siete años de edad.

Fuimos testigos de lo que pasó.

Mamá había asesinado a papá y había intentado matarnos a nosotras.

Y la culpable de todo era yo.

Yo era tan mala, yo era tan torpe, yo era tan inepta, que nuestra madre, cansada de aguantarme, había enloquecido.

Incapaz de acabar con nuestra vida, ella decidió quitarse la suya, saltando por el balcón del décimo piso en el que vivíamos.

Me encontraron desmayada dentro del armario ropero del cuarto de la plancha.

Yo, en aquel entonces, aseguré, desde un primer momento, que no recordaba nada de lo que había sucedido.

Alien, viendo el desastre de vida que llevaba, terminó por intervenir en mi ayuda para explicarme la verdad y hacerse cargo de la situación.

Estaba claro que yo sola no podía con aquello.

Durante mucho tiempo confié en ella y me quedé escondida en sus noches y en sus sueños, pero la situación se fue haciendo cada vez más insoportable.

No sabía a ciencia cierta la vida que llevaba Alien en mi nombre y no estaba segura de que fuera absolutamente sincera conmigo.

Desde luego, no me lo contaba todo. Comencé a sospechar que elegía cuidadosamente lo que yo debía y no debía saber.

¿Y si todo aquello era una gran mentira?

¿Y si la culpable era ella y no yo?

¿Y si ninguna de las dos habíamos hecho nada malo?

¿Y si mamá estaba loca y nosotras habíamos heredado parte de su locura?

¿Y si papá era el loco y ella había tenido que matarlo para defendernos a nosotras?

¿Y si la única loca era yo y había inventado toda aquella farsa para huir de una realidad que no era capaz de soportar?

Cuando, después de cuatro años y un intento de suicidio, di con el terapeuta adecuado, supe, al fin, que sufría un trastorno de identidad disociativa, también conocido como trastorno de personalidad múltiple, causado por un terrible incidente sucedido cuando era niña, en el que mis dos progenitores habían resultado muertos.

Nunca se supo lo que realmente sucedió y el caso fue cerrado en falso.

Aquella tarde, cuando salí de la consulta del psicoanalista, me propuse hablar muy seriamente con Alien.

Tenía que pedirle que dejara de mentirme y conseguir que me contara la auténtica verdad.

Solo así ambas podríamos sobrevivir.

Aunque, en mi fuero más interno, sospechaba que una de las dos debía desaparecer.

Yo estaba dispuesta a sacrificarme por ella, pero ¿lo haría ella por mí?…

EscucharTe lo leo en voz alta