Mi yo de mañana
Patricia abrió los ojos y se desperezó en la cama.
Aturdida todavía por un profundo sueño sin sueños, lo primero que vio fueron las notas, los dibujos y los folios con letras mayúsculas de colores llamativos que forraban la mayor parte de las paredes de su habitación.
En la mesilla, junto al teléfono, una de esas cuartillas decía: «Lo primero de todo, consulta tus notas y tu diario en el ordenador».
Cogió el móvil, fue a Notas y leyó: «24 de abril de 2025.
Buenos días, Patricia.
Sufres amnesia anterógrada, un trastorno de la memoria que te impide recordar todo lo que ha sucedido después del accidente que sufriste hace un año.
Una severa lesión en el hipocampo hace que no puedas formar nuevos recuerdos.
Cada noche te duermes y, a la mañana siguiente, no recuerdas nada del día anterior.
Así, tu memoria se reinicia cada día.
Solo tus padres y tu amiga Clara lo saben.
Llevas una vida satisfactoria y aparentemente normal.
Tienes veinticinco años.
Estudiaste Bellas Artes.
Tuviste que abandonar el posgrado y asistes diariamente a una academia de pintura cerca de la universidad.
Cada día olvidas todo lo que ocurrió el anterior; por eso llevas un exhaustivo diario donde cuentas, a tu yo de mañana, todo lo que pueda necesitar para seguir adelante.
Consulta ese diario antes de nada».
Patricia se levantó de la cama y encendió el ordenador.
Repasó el listado de días transcurridos y todas las referencias e información relativa a su dolencia.
Abrió el 24 de abril.
«Hola, Patricia. Esta tarde Gabriel se te ha declarado.
Te ha invitado a merendar a tu pastelería favorita, te ha regalado una bonita pulsera con tu nombre, ha tomado tus manos con dulzura y te ha confesado su amor.
Era de esperar.
No te asustes».
Patricia interrumpió la lectura del diario para mirar los dibujos a carboncillo de la cara de un hombre joven y atractivo que colgaban, aquí y allí, por toda la habitación.
Lo había dibujado de mil maneras distintas: con gafas, sin ellas, de frente, de perfil, sonríendo, pensativo, en pequeño, en grande…
A Patricia aquellos dibujos le parecieron muy buenos y estuvo casi segura de que probablemente los había dibujado ella.
Siguió con la lectura de su día anterior: «Gabriel es tu profesor de pintura.
Es ocho años mayor que tú.
Durante los últimos meses habéis compartido mucho tiempo juntos y aficiones comunes.
En las clases de pintura te ayuda a progresar con la técnica de la acuarela.
En los días libres hacéis excursiones, montáis en bicicleta, vais al cine, paseáis por la playa larga y contempláis juntos el océano al atardecer.
A tus padres y a Clara, Gabriel les gusta mucho.
Es confiable y amable y parece quererte de verdad.
Él no sabe nada de tu enfermedad.
Ahora, por fin, te ha confesado sus sentimientos y me pregunto si tú deberías hacer lo mismo.
Dicen que existe una memoria procedimental en la que es el cuerpo el que recuerda y no el cerebro.
Gracias a esa memoria no olvidamos nunca cosas como montar en bici o conducir.
Gracias a ella, sigues dibujando y pintando tan bien como lo hacías antes del atropello.
Seguramente por eso la piel se te eriza y tus mejillas se sonrojan cuando Gabriel roza tu mano mientras corrige con suavidad los trazos de tu pincel.
Por algún resorte que la ciencia no sabe explicar, dibujas su rostro a cada momento del día y te quedas embobada contemplando su perfil durante la clase.
Hoy, cuando vuelvas a encontrarte con él, entenderás todo lo que te estoy contando por ti misma.
De alguna forma que escapa a mi comprensión, creo que tú también te estás enamorando, a pesar de que tu cerebro no consiga almacenar ningún recuerdo sobre él.
Si le cuentas la verdad sobre tu enfermedad, quizá lo pierdas para siempre.
Si no le dices nada y algún día lo descubre, es posible que no sepa ni quiera perdonarte.
Si nunca llegaras a curarte, ¿qué tipo de relación os espera?
¿Cómo podrías tener hijos si su recuerdo se perdería en tu memoria con tan solo cerrar los ojos cada noche?
¿Cómo explicarle a un niño que su mamá no puede reconocerlo?
¿Y qué tipo de amor podrías darle tú?
No sé si estas preguntas podrán ayudarte mañana a tomar una buena decisión para los dos.
Vive tu día de hoy como si fuera una vida entera condensada en veinticuatro horas y, decidas lo que decidas, piensa que todo estará bien».
Patricia dedicó, como todos los días, un buen rato a repasar la extensa información de sus diarios.
Desayunó con sus padres y se marchó a la escuela de pintura.
Fue paseando, como siempre, atravesando el parque.
Conocía desde pequeña aquel camino.
Andar le concedía el tiempo suficiente para asimilar su situación.
Clara le mandó un guasap deseándole suerte; sabía de la importancia de la decisión que Patricia tendría que tomar.
Cuando estaba esperando para cruzar en el semáforo, alguien cogió su mano con delicadeza por detrás y, en ese momento, supo que era él.
El vello se le erizó, las mejillas le cambiaron de color, su corazón se aceleró, le faltó el aire, y todo su cuerpo lo reconoció y lo amó.
Cuando sus ojos se encontraron, adivinó que antes de que acabara el día le contaría toda la verdad.