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Soplado al corazón
IV Vidas ajenas

El collar

6 min de lectura

Sería por ser bajita que Claston House me resultó tan imponente y majestuoso.

Parecía que aquel palacio se me iba a tragar.

Conforme me acercaba a él, pensé que se me venía encima para engullirme enterita.

Con mi ligera cojera, hija de la polio, y mi falta de resuello, conseguí seguir, a duras penas, los rotundos pasos de la regordeta cocinera mayor.

La señora Thot me vino a recoger de la cochiquera en la que vivía, como criada de una familia con muchos hijos, pocos posibles y ningún afecto.

Me alimentaron, sin más, y finalizado el tiempo del trato al que habían llegado con alguien de la casa grande, yo debía ingresar como criada de salón en el palacio al cumplir los diecisiete años.

Me encargaría de la limpieza diaria de las habitaciones de arriba, comería abajo y dormiría en el último dormitorio del último piso.

Dos limpios y planchados uniformes de faena y un humilde vestido gris para la misa dominical fue todo lo que el ama de llaves, la señora Larson, me entregó.

De momento me tendría que apañar con el raído abrigo que traía puesto.

Ya veríamos más adelante.

Cuando entré en el salón de té para ser presentada a lady Everford, a su todavía apuesto y distinguido marido, se le derramó el té por toda la levita.

Ella le atravesó a él con la mirada, cual puñal asesino, y luego me atravesó a mí, de arriba abajo, con idéntica intención.

La gran duquesa viuda, elegante y señorial, tan bajita como yo, se me acercó con curiosidad, tomó mi rostro con su mano huesuda y ensortijada y me dedicó la mirada más dulce que jamás había recibido.

Aquel sencillo gesto me calentó por dentro para toda la semana.

Ordenó a la señora Larson que la mantuviera informada con regularidad de todos mis progresos.

El ama de llaves debía asegurarse personalmente de que mi estancia en la mansión fuera lo más cómoda posible.

¡Qué maja!, pensé yo.

¡Vaya fastidio!, pareció pensar la señora Larson, poniendo cara de pepino revenido.

La señora Thot, la cocinera mayor, me cogió cariño enseguida y no me quitaba ojo de encima.

—A pesar de tu cojera y lo justita que andas de altura, eres muy linda, pequeña Poppi —me decía—. Con uno de los trajes de las señoritingas de arriba bien parecerías una de ellas. De hecho, esos ojos… esos ojos me recuerdan a alguien…

Se quedaba pensativa y no decía más, y a mí se me antojaba lo más parecida a una madre que jamás había tenido.

Me gustaba mi trabajo y pronto me habitué a mis nuevas rutinas y compañeras.

La mejor era Ivy, la ayudante de cocina, tan gordita como la señora Thot. Compartíamos camastro, confidencias y risas nocturnas. Sabía las letras y escribir su nombre y se había propuesto muy seriamente enseñarme.

La peor era Grace, la doncella de cámara, asistente personal de lady Everford.

Por alguna oculta razón me tenía ojeriza desde el primer día y siempre encontraba motivo y ocasión para meterse con mi forma de cojear, de limpiar, de zurcir o incluso de respirar.

—Te crees muy guapa tú, con esos aires de marquesa que te das, y no eres más que una vulgar huérfana coja. A saber por qué te abandonó tu madre y en cuántas camas andaría metida—.

Yo la fulminaba con la peor de mis miradas y seguía mi camino silbando de pura rabia.

A las dos hijas de los duques no había llegado a conocerlas cuando se desató la tormenta de acontecimientos.

Estudiaban internas en un prestigioso colegio para señoritas situado cerca de Londres.

El retrato de Olivia, la hija mayor, colgaba descomunal de una de las paredes de la gran escalinata de mármol que daba acceso a las habitaciones.

Desde el primer día reclamó mi atención.

¿Dónde había visto yo antes esos ojos tan grises y almendrados?

¿Por dónde iba? Ah, sí, la tormenta de acontecimientos.

Tan solo habían transcurrido algunos meses desde mi ingreso en Claston House cuando fuimos informados por el mismísimo mayordomo, el viejo y gruñón señor Wilson, de que había desaparecido de las habitaciones de la gran duquesa viuda el collar de perlas y diamantes más antiguo y valioso de la familia, regalo de la mismísima reina Victoria.

El inspector Logan, jefe del condado de Candelshire, estaba interrogando a todo el personal y seríamos llamados para prestar declaración en el salón de té, en presencia de la señora.

A mí se me dijo que debía permanecer presente en el salón durante todo el tiempo.

Supongo que querían estudiar mis reacciones ante lo que se me venía encima.

Grace, la doncella de cámara de la señora, declaró que me había visto a mí, a mí, sí, a mí, coger el collar del joyero de la gran duquesa viuda y esconderlo entre mis cosas, debajo de la cama, donde había sido encontrado tras haber denunciado el hecho entre lágrimas y falsos sollozos.

Mis grises y almendrados ojos se me salieron atónitos de las órbitas y quise intervenir, pero la señora Larson me lo impidió con un severo gesto y un buen tirón de brazo.

El resto de los criados y personal del palacio no sabían ni habían visto nada, salvo mi única y verdadera amiga, Ivy.

Cuando la llamaron a declarar aseguró haber visto a la malvada Grace introducir algo sospechoso entre mis cosas, debajo de la cama donde ambas dormíamos.

En su momento le resultó extraño, pero no le dio mayor importancia; para ser sinceros, se le olvidó por completo.

Así era ella, de buena y confiada.

Era su palabra contra la de la malvada Grace.

Estaba perdida.

A mí nadie me creería.

Era verdad que había tenido en mis manos aquel precioso collar. Era verdad que hasta me lo había probado y me había imaginado bailando con él en el gran salón de los espejos del palacio. Pero jamás, de los jamases, lo habría robado.

No hubiera sabido qué hacer con él.

¿Acaso no veían que era todo una gran mentira?

Cuando las lágrimas comenzaron a caer a chorro por mis pálidas y temblorosas mejillas, irrumpió en la sala, airada y enfadadísima, la gran duquesa viuda.

Le habían informado de lo ocurrido y regresó inmediatamente de Londres.

¿Qué tontería era aquella?

Ese collar era una magnífica imitación del original, que dormía tranquilo y a buen recaudo en su caja fuerte del Banco de Inglaterra.

Ella misma me había regalado la falsa joya hacía unas semanas, por el profundo afecto que sentía por mí.

Le recordaba vivamente a una de sus nietas más queridas.

Me pidió que no se lo contara a nadie.

Sería nuestro secreto.

Lentamente, y ante la mirada desconcertada de todos los presentes, se acercó a mí, me cogió cariñosamente entre sus brazos y me guiñó su lindo y coqueto ojo gris almendrado.

Posó con dulzura su dedo índice en mis labios y me susurró unas suaves e inolvidables palabras al oído.

EscucharTe lo leo en voz alta