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Soplado al corazón
IV Vidas ajenas

Conformados

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A ella, su gesto adusto, serio, callado, casi seco, fue lo que más le gustó de él.

Doce años mayor, una posición segura de funcionario en un ministerio y una apariencia discreta y mediocre.

Un hombre común.

No pedía más para salir del yugo irrespirable de su familia.

A él, le gustó todo de ella desde el primer instante en que la vio.

Pequeñita, delgada, casi una niña.

Dieciocho primaveras habían moldeado una bonita figura y unas facciones más que agradables en su inocente rostro.

Callada, discreta, algo ensimismada y distraída, asidua lectora de folletines de amor, parecía disfrutar de una fructífera vida interior.

Ella se dio cuenta, desde el regreso del sencillo viaje de novios a Toledo, de que su vida no sería precisamente divertida junto a un hombre tan silencioso y tímido, pero intuyó que, no obstante, sería una buena vida.

Aburrida y monótona, pero buena.

Él se enamoraba cada día más de ella, con cada gesto, cada mirada perdida, cada palabra pronunciada.

Sus guisos de lentejas, las patatas a lo pobre, la tarta de manzana.

La bufanda de ganchillo, los tapetes de colores, las botitas del primer y único bebé, que nunca llegaría a ver la luz del sol.

A ella le partió el corazón saber que no podría tener más hijos.

La tristeza que aquello le produjo se adueñó de su alma, y así transcurrieron los años más oscuros, repletos de silencios, de llantos y pesares.

A él, verla así, le llenaba de desesperación y de rabia.

Qué importaban los hijos, si solo la quería a ella.

En silencio, desconsolado, lloraba a solas todas las tardes, sentado en el banco del paseo de tilos, antes de regresar a casa.

Hasta que un catorce de febrero ella recibió cuatro claveles rojos y un verso de amor secreto.

Su marido le preguntó quién le mandaba flores en fecha tan señalada.

Ella le respondió que no podía saberlo, ya que la pequeña nota que acompañaba al ramo no iba firmada.

—Qué extraño —dijo él, y salió discretamente de la habitación para ir a sentarse en su sillón de lectura.

Cogió el periódico, como todas las tardes, y se dispuso a repasar tranquilamente la prensa del día.

Él continuó mirándola de soslayo, entre las gafas de presbicia y las páginas del diario.

Espió sus gestos, su mirada, el profundo suspiro que se le escapó mientras colocaba primorosamente los claveles en el jarrón de cristal de Bohemia, regalo de boda del director general del ministerio.

Él supo que ella se había ido muy lejos, de la mano del protagonista de alguna de las novelas románticas que ocupaban sus tardes y sus noches.

Él la dejó ir y suspiró también.

Desde aquel día, ella recibió todos los catorce de febrero un poema de amor y cuatro claveles, que alimentaron sus sueños e ilusiones y devolvieron la vida a aquella casa.

Él nunca pronunció ni una sola palabra sobre el asunto.

Verla feliz era todo lo que ansiaba.

Y así pasaron los años: ella sin saber nada, y él sabiéndolo todo.

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