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Soplado al corazón
IV Vidas ajenas

Regreso al olivar

4 min de lectura

Vuelvo a casa después de mucho tiempo.

Regreso para terminar mi viaje allí.

Me quitaré los zapatos y andaré descalza por mis campos de luces y de sombras, hacia otro lugar con lumbre en la cocina.

En los altavoces del tren anuncian la próxima parada: Córdoba.

Cierro mi libro de recopilación de cuentos de Hans Christian Andersen, el regalo más querido y apreciado de mi abuela Matilde, y lo guardo en la mochila.

Con esas narraciones infantiles fue como yo aprendí a amar la literatura, que ha terminado siendo mi sustento.

Profesora en la Sorbona.

Lo voy a echar de menos.

Fue bonito cumplir mi sueño a medias.

Me apeo en la estación para tomar el autobús a Lucena, mi último destino, mi hogar, mi tierra.

Estoy muy cansada. Será la hora, el viaje, la enfermedad.

Me siento junto a uno de los grandes ventanales del autocar para contemplar el paisaje sereno de los campos de olivos cordobeses.

Tengo una hora completa, toda para mí, toda para llenar las pupilas del alma del sosegado atardecer.

Es tal y como lo recordaba.

No.

Es más hermoso aún, más profundo, más tierno.

Quizá porque se me acaba el tiempo, toda la vida me parece más vida.

Todo lo que veo, toco y siento se precipita a la enésima potencia.

El tiempo ya es otro tiempo, en el que las horas discurren con delicada lentitud.

Un mar de laderas suaves y ondulantes, de verde y plata, se extiende hacia el horizonte bajo el poniente sol andaluz.

Sobre el suelo arcilloso se yerguen milenarios los troncos robustos y longevos, retorcidos como la misma vida de esta tierra.

De corteza rugosa y agrietada por el tiempo, su piel da paso a unas hojas lanceoladas, alargadas y estrechas, agrisadas de verdes por el haz, bañadas de plata por su envés.

Sus flores pequeñas, blancas y amarillas, ya han florecido en mi última primavera.

Su fruto es el idioma de este lugar, tesoro de aceitunas verdes o negras ya maduras.

Mirándolos pasar ante mis ojos, puedo verlos a todos como un solo ser vivo, océano de paz, sabiduría y eternidad, historia de resistencia, esencia de Andalucía, de los bronces y de las piedras.

Y puedo ver también a cada uno, a cada olivo, en toda su yoidad, guardianes de secretos ancestrales, austeros y generosos, cantados por los poetas, vestidos de sencillez y de emoción profunda por el pueblo del campo cordobés.

Aquí y allá distingo una almazara donde se procesa con esmero la extracción del áureo y preciado líquido, savia de vida y de salud.

Dentro del autobús, en mi recuerdo infantil, lomas colmadas de olivos, trasiego de campesinos y mulas cargadas de aceitunas, almuerzos de aceite y pan, vareadores y aceituneras volviendo a casa bajo el rojo crepúsculo del día.

La historia del hombre es la historia del olivo.

Del Paleolítico a Creta, pasando por Egipto y Grecia.

Fue la diosa Palas Atenea —me contaba mi yaya— la que, al hincar su lanza en la tierra, hizo nacer al olivo, para dar luz, alimento y salud, y aliviar los males de los hombres.

Árabes, fenicios y romanos.

La palabra aceite es de origen semita, del hebreo zeit o sait.

En la Biblia y en el Corán.

Teofrasto, Plinio y Estrabón.

La Odisea de Homero, las Geórgicas de Virgilio, las Metamorfosis de Ovidio.

La poesía culta de Gonzalo de Berceo, García Lorca, Alberti, José Hierro, Machado, Neruda… Cantar del pueblo andaluz.

Comienza a llover, al mismo tiempo, dentro y fuera del autobús.

Llueve dentro, sobre mis mejillas aún tiernas de treinta y siete, y fuera, sobre las suaves olas del océano verde de olivos atemporales.

Mi enfermedad se llama terminal, sin importar el apellido que le puso el médico.

Abrazaré a mi abuela como se abraza al viejo y sabio árbol, esperando encontrar la paz de la que habla esa rama de olivo que lleva la paloma en su vuelo hacia el cielo despejado y azul.

Querida yaya mía.

Sencilla e inquebrantable, como esta tierra nuestra, ella soportará mi marcha adelantada.

En su regazo de arcilla dura y resistente yo cerraré mis ojos para siempre, impregnada de luz, de olor a alpechín, de calor y de sol, para esperar la fría noche del eterno, vislumbrando una lumbre al otro.

Relatos sobre la pérdida, el duelo, el recuerdo de Ana y la memoria familiar.

EscucharTe lo leo en voz alta