Clara
Vuelvo a repetir en bajito.
Me tiran los puntos de la cesárea, pero bajo los efectos de la potente anestesia y los analgésicos, todavía no me duelen.
A lo mejor estoy dormida, pienso. ¿O lo he dicho en alto?
Toc, toc…
Entra el doctor, seguido de Fernando y de una enfermera arropando un bebé.
¿Qué son esas caras?
No me detengo a descifrarlas, alargo los brazos hacia mi hija y vuelvo a pronunciar su nombre: Clara.
Esta vez tan dulcemente que hasta en la boca me parece azúcar.
La enfermera me la entrega con suavidad y todos esperan, en un silencio frío, temeroso y pesado, como una losa de mármol, mi reacción.
Primero siento su calor y el mío. Una conexión inexplicable hecha de aromas nuevos y a la vez reconocibles. Energías invisibles que se entremezclan en canales sutiles de amor, de anhelos cumplidos, de esperanzas venideras, de un futuro feliz.
Unos segundos después, un frío súbito, inesperado, impredecible, helador, paralizante.
Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. Me los froto varias veces. No son mis ojos. Miro a los ojos de los demás.
La enfermera mira hacia la ventana, el médico al suelo y Fernando a la niña primero y luego a mí.
-¿Qué es esto? Quiero decir, ¿qué está pasando aquí? ¿Estoy soñando? -pregunto.
Silencio.
Nadie se atreve a abrir la boca.
Yo vuelvo a mirar a… ¿Clara? De nuevo es una pregunta.
¿Clarita, hija, eres tú?
Como si la niña pudiera contestarme.
Silencio de Clara, claro.
Está dormidita.
Respira, como respiran los bebés, aprendiendo a vivir en el aire. Un medio nuevo, diferente al líquido, menos denso, más fácil y sutil, pero desconocido.
Parece sonreírme.
Sí, sí, me está sonríendo o se sonríe a sí misma o nos sonríe a todos.
Me parece tan tierna que derrite mi frío en un nanosegundo.
Primero acaricio su manita, después su mejilla toda de seda fina y vuelve a sonreír y yo con ella.
Está ocurriendo algo sorprendente.
Mis ojos y mi cerebro no la reconocen en absoluto. Ella no era Clara, no puede ser Clara, eso está claro.
Pero mi corazón, mi alma y, más que eso, todos mis otros sentidos, salvo la vista, mi olfato, mi piel, hasta mi propia respiración, acompasada con la suya, la reconocen, la aceptan, la quieren, la aman.
Cierro los ojos.
Si cierro los ojos sé que es Clara, mi Clara, mi hija, mi niña de mis entrañas.
Si los vuelvo a abrir, una distancia invisible se abre entre las dos.
Los mantengo cerrados unos instantes.
Vuelvo a mirar a todos.
El silencio y el tiempo se mezclan y parecen desaparecer el uno en el otro.
Allí nadie va a decirme nada.
Todos esperan mi respuesta a una pregunta impronunciable ni siquiera por mí.
¿Quién es Clara?
Al cabo de un tiempo incalculable puedo repetir la pregunta más evidente.
-¿Fernando, qué está pasando aquí?
-Dímelo tú, Blanca, ¿qué está pasando?
-Yo, -balbuceo-, yo no tengo idea…
-Pues si tú no lo sabes… -deja Fernando los puntos suspensivos en el espacio tenso.
-¿Qué quieres decir, Fernando? ¿Qué estás insinuando? ¿Qué no es tuya? ¿Qué es de otro?
Yo te quiero, nunca te sería infiel, me conoces, sabes lo que pienso de eso, llevamos media vida juntos. No te engañaría jamás. Te lo diría, te abandonaría, me iría, no podría, no sabría engañarte. Tú sabes cómo soy. Soy yo, Fernando. Soy Blanca. Tu Blanca. Dios mío, esto es una locura.
De pronto no puedo dejar de hablar. Los pensamientos se atropellan los unos a los otros dentro de mi cabeza y se pelean por salir.
Y si nos la han cambiado en el paritorio, en la incubadora, en el nido, en el ascensor, en el pasillo, en la habitación de al lado.
-Pero eso es imposible, claro, -me digo a mí misma en voz altatodos la han visto salir de mi vientre en el quirófano. ¿Cuántos estaban allí? -le pregunto al médico sin esperar respuestaenfermeras, médicos, instrumentistas, anestesista… El cambio de bebés está totalmente descartado.
Mi infidelidad, por descontado. No me miréis así. Clara es nuestra y es de los dos y no estoy loca, ni estoy mintiendo, ni estoy soñando. O sí…
¿Estoy soñando?
No descartemos eso.
De momento me parece la opción más plausible.
Estoy dormida y esto es una retorcida pesadilla.
Sin más ni más, me pego una bofetada en la mejilla derecha, luego otra en la izquierda y, por último, un doloroso pellizco en la mano que sujeta a Clara.
-Descartada la pesadilla. ¿Qué nos queda…? Un experimento genético. Estuvimos cinco años en tratamiento. Fernando, tú lo sabes. Tú sabes todas las pastillas que tuvimos que tomar, las inyecciones, los parches, las pruebas, los abortos, los desvelos, los lloros, las ilusiones rotas…
Y por fin, cuando ya nadie lo esperaba, cuando tiramos la toalla, cuando nos decidimos a adoptar, nos inscribimos en la lista de espera, nos daba igual el tiempo, el país, la edad…
Suspiro profundo y quiero que esa lágrima vuelva al lugar de donde se ha escapado.
Ahora que el milagro se había producido, que habíamos salido en aquella revista científica, en aquella estadística de casos inexplicables. Yo con cuarenta y cinco, tú con cincuenta. Ahora llega esto. -Miro a Clarita y se me enternece el alma- Quiero decir Clara, no esto, está claro. Tú ya me entiendes, Fernando.
Hablemos con los médicos. Doctor, usted qué dice. Qué opina. -Lo digo sin esperar respuestas. Sigo atropellando las palabras o son ellas las que me atropellan a mí.
Que nos hagan un estudio genético exhaustivo de esos que hacen ahora. Están a la orden del día. Usted sabe, doctor. Quizá los antepasados de Fernando o los míos. Bueno, los míos no creo. No que yo sepa. Lo hubiera sabido. Alguien me lo hubiera dicho. Pero claro, nunca se sabe. Estas cosas no se suelen saber, no se suelen contar. Son los típicos secretos de familia que nunca llegan a ver la luz… Claro, claro… ¿Qué opinas tú, Fernando? Estudiaremos a fondo a las familias.
A mí no me importará de cuál de las dos venga la mutación.
Me quedo pensando…
Por qué he dicho esa palabra… mutación.
Me ha salido así. Sola. De algún rincón de mi mente consciente o inconsciente. Quizá venga de esa nueva inteligencia a la que llaman intuición. No sé…
Ahora no puedo pensar en eso, no voy a pensar eso, solo puedo mirar a Clara…
Es curioso, que se iba a llamar Clara lo tuvimos claro desde la primera ecografía…
por cierto, doctor, esta mutación, llamémoslo así, ¿no se pudo ver en ninguna de esas mil pruebas que me hicieron antes del alumbramiento?
Porque ya me dirá usted… en fin… todo estaba bien, todo estaba bien… ¿y cómo explica usted esto?
La miro de nuevo.
La piel de Clara no es clara. Es chocolate con leche. Lo pienso dentro. Si lo digo en alto, racismo y cancelada. Pero es chocolate con leche. Bien mirado me parece adorable. Raro, pero adorable. Fernando y yo somos más blancos que la leche de ese chocolate.
Pero la cosa no termina ahí.
Suspiro y me quedo suspendida en el suspiro que me parece que no se va a acabar nunca. Pero se acaba y pienso que parece coreana, japonesa o chinita. Desde luego oriental es oriental. No de Guadalajara como nosotros.
Es muy linda mi bebé.
Quizá venga de otros mundos, otra realidad paralela, se ha cambiado de familia atravesando una puerta interdimensional y ha aparecido aquí en mis brazos. Quizá sea la elegida para lo que sea que eligen a las elegidas. Una señal de los cielos. Una reencarnación poderosa y benigna.
Todo esto yo solo lo pienso por mis adentros, no vaya a ser que llamen a los servicios sociales y vengan a quitarme a Clara con la excusa de que se me ha ido la olla.
O llaman al CESID o la misma NASA y se la llevan para estudiar el caso en sus laboratorios.
Madre mía, cómo voy a explicárselo a mis padres y a mis suegros y a mis amigas y a mis alumnos del instituto y a la cajera del Eroski y al portero del garaje.
Creo que estoy empezando a hiperventilar…
Me retiran a la niña de los brazos y me ponen una inyección sedante. Estoy segura de que tienen miedo de que me dé un patatús.
Ya me voy relajando, ya me voy durmiendo, ya me voy despertando…