Ese señor alemán
Me diagnosticaron hace cinco años la enfermedad de ese señor alemán que acabaré olvidando.
El olvido.
El come cocos de recuerdos vivos.
Un auténtico caníbal devorador de historia.
No sé a ciencia cierta cuándo empezaron los despistes.
¿Qué hago yo aquí? ¿Para qué he venido? ¿Qué estaba buscando?
Al principio eran eso, solo despistes.
Más o menos al año de saber a lo que me enfrentaba comencé a escribir estos cuadernos.
“Diarios del Olvido”.
Olvido, olvido, olvido… por más que lo repita también lo olvidaré.
El otro día no conseguí reconocer a mi hermana Elena, mi más que hermana, mi inseparable amiga.
Ya no me dejó, ni me dejan, salir sola a la calle. Puedo caerme, perderme, olvidarme.
La capacidad motora de mis manos empieza a ser muy limitada, pronto no podré seguir escribiendo, no solo por la falta de destreza sino sobre todo por la ausencia de palabras. Hace tiempo que quiero decir “taza” y no puedo, no me sale, no llega a mi aparato fonador, no consigo decirlo.
Es realmente frustrante.
Frustración… sentimiento patético, algo que también olvidaré, junto con la hermosa cara de mi nieta Carmina, tan linda, tan…
No sé qué iba a decir.
Así, lo de la taza.
Entre la idea de taza y la palabra taza se eleva en mi mente, sin previo aviso, una enorme pared blanca, un muro infranqueable, un abismo de niebla cegadora que me impide nombrar el objeto deseado.
Y así me quedo, con los ojos perdidos en un pozo sin fondo, sin poder avanzar, muda, silenciada …
Todos me sonríen, eso sí, y yo miro sus caras y sonrío.
Solo son caras.
¿Sabrán que no los conozco?
Por cierto, respecto a esto…
¿Qué fue lo que me pasó el otro día y que quería contaros?
Así…
Espera, no, no lo recuerdo…
Recuerdo, recuerdo, recuerdo, por más que lo llamo no aparece.
Cada vez me faltan más…
Pronto llegará el día en que escribiré la última…
Quizá ese día sea…
Y ni siquiera podré decir…
Nota del escritor.
Este es, sin lugar a dudas, el final abierto más cerrado del mundo.