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Soplado al corazón
V Las cicatrices de la memoria

De cómo escapé de allí

5 min de lectura

¿Por dónde se cuela el dolor?

Una no lo sabe bien.

Pero si lo supiera, ¿lo evitaría?

¿Le cerraría las puertas?

¿Atrancaría las ventanas y las rejas para no dejarlo entrar?

¿Serviría de algo cerrarle el paso, cuando comprendes que el dolor no viene de afuera, que no llega de visita, ni se anuncia, ni regresa de ninguna parte, porque ya vive allí, ya vive en ti, contigo, agarrado a tus intestinos como una garrapata?

A lo mejor soy yo quien lo llama.

Quizá me he acostumbrado tanto, que ya no entiendo mi existencia sin él.

Quizá el miedo al vacío que dejaste sea más fuerte que mi amigo el dolor, y por eso lo reclamo sin saberlo.

Hay muchas Cristinas viviendo en esta casa lúgubre y vacía, llena de multitudes fantasmales.

Entre tinieblas y esas Cristinas nuevas, anda el dolor a tientas.

Está cautivo, como yo, y no puede escaparse.

Quizá no quiera.

Hay Cristinas que no lo ven venir. Se engañan a sí mismas para seguir viviendo.

Aquí no pasa nada. El reloj corre. La vida sigue sola. No tengo que empujarla. Ni siquiera podría. ¿Con qué fuerzas, si no las tengo ni para comer?

Otras Cristinas lo llaman a escondidas para que nadie se entere.

Esas Cristinas ya no entienden las horas sin él.

¿Qué pasaría si el dolor no estuviera? Seguramente que ella volvería a morir, una y mil veces, y eso no hay humanidad que lo resista.

Al menos no la mía.

Y dejaría de ser una persona, si es que queda algo de mí después de ti.

La Cristina obediente se levanta sonámbula, creyéndose que vive.

Se lava los dientes sin saberlo.

Atina a ducharse, a vestirse, a peinarse, pero ya no se mira en los espejos, ¿para qué, si ya no puede verse?

La imagen que le devuelven no es la suya, es la de su hija muerta.

En la camilla blanca, con la sábana blanca, llena de frío… blanca.

¿Cuándo el blanco se volvió negro en mis ojos vacíos de vida, llenos de la gran muerte que ahora todo lo cubre?

Otra Cristina, autómata serena, llena la habitación de la niña de fotografías.

Su hija ya no está, pero su imagen sí.

Se niega a renunciar a ella.

Ilusa, tonta, estúpida, infantil. Se vuelve niña, como su hija muerta, fría, blanca, ausente para siempre.

Abre los cajones de su armario para ordenar la ropa que se niega a tirar.

Esa patética Cristina se agarra a su pijama, hunde la cara en él y respira profundo, buscando su recuerdo.

Que el olor le devuelva un trozo de su vida, un pedazo de ella, un cachito de nada. Algo pequeño, un minuto de Ana. No pide más, no es tanto.

Cuando cierra el cajón con el pijama dentro, ya solo queda llanto, ya la ha vuelto a enterrar, pero esta vez sin caja.

La Cristina ordenada cierra el armario y coge el plumero para seguir quitando polvo, quitando miedo, pena, vacío.

Lo pasa por la cama, las mesillas, las lámparas, los libros, los álbumes, su diario, su joyero, su osito, su muñeca de Disney, sus estuches, sus cuadernos, el cuadro que pintó, el calendario que yo le regalé al cumplir dieciocho, con una foto suya en cada mes del año.

De bebé, de niñita, en la playa, en el cole, y así hasta la joven morena que contempla el mar, con la cara semicubierta por cuatro mechones de pelo sedoso, movidos por el viento del Mediterráneo, que, igual que yo, celoso, también quería acariciar su belleza, su dulzura, su calidez, sus sueños.

La Cristina que todavía puede pensar en algo más que en ella sabe que tiene que ir a la cocina a preparar algo, porque algo tendrán que comer, porque algo habrá que hacer para seguir con vida.

Sale al pasillo, pero no cierra la puerta; quiere que su aroma la siga por la casa, que el dolor la siga, que el miedo la siga.

No quiere dejarla allí, sola, congelada en sus fotos, encerrada en su cajón, vestida en su pijama, lleno de lágrimas, todavía mojado.

Se la lleva con ella, metida en sus entrañas, de donde nunca salió, de donde nunca saldrá.

Camina con desgana, despacio; va cargada con su dolor, su pena, su muerte, su vacío, que pesa más que nada.

De pronto oye una música que viene de su cuarto.

La Cristina curiosa regresa con premura.

Parece que el sonido sale del altillo del armario.

Va a buscar la escalera.

Sí.

Es el tintineo de la canción “Cumpleaños feliz”.

Con la caja de recuerdos en las manos, grande y pesada como los mismos recuerdos, baja como puede de la escalera y se sienta en la cama de su hija.

Saca el sombrero que el Sombrerero Loco le regaló a la Liebre de Marzo para celebrar el día del no cumpleaños de Alicia en su País de las Maravillas y que la Cristina, llena aún de esperanzas, le regaló a su hija en su decimoctavo cumpleaños, un año antes de morir, cuando todavía creía que la enfermedad no era tan grave, no era tan desconocida, no era tan mala, no se la llevaría.

Sonríe y, entre lágrimas, sin poder explicarse por qué un sombrero suena y se pone a cantar en pleno día, después de tanto tiempo, por tres veces lo guarda y por tres misteriosas veces vuelve a sonar la música.

No se asusta.

Si es Ana, la Cristina creyente le preguntará qué pasa, por qué ha venido a verla, además de en sus sueños.

Y ella le contesta, en su mente, en su corazón, en el pecho, en la tripa, en las piernas que fallan, en las manos que tiemblan sosteniendo el sombrero…

“Mamá, hoy es el cumpleaños de mi hermano, tu hijo, que te vive, te quiere y te espía en silencio, llorando a tus espaldas para no añadir más pena a tu pena, sin saber cómo hacer para arrancarte de ella.

Llámale, mamá, felicita su día, su vida, su amor por ti, su entrega.

No te olvides de él, demuéstrale tu amor, vive a través de él, por él y para él.

Vive mi vida en él. Vuelve con él a ti. Regresa y sé feliz.”

Y la Cristina que soy llamó a su hijo, corrió hacia él y se prometió a sí misma seguir amándolo sin tregua y sin medida hasta el final de sus días.

Y, por un momento, casi sin darme cuenta, sutil y silencioso, sentí un soplido fino en mi mejilla, que caminó discreto hacia mi oído y pareció decirme… VIVE.

EscucharTe lo leo en voz alta