El bolso de Mary
Me pregunto si podríamos llegar a conocer mejor a una persona sabiendo lo que lleva en su bolso.
Sentada en el banco del paseo, observo a la gente con sus bolsos.
Todos diferentes: grandes, pequeños, en bandolera, colgados de la mano, del hombro, de la espalda, mochilas, riñoneras, carteras sobre ruedas.
Ellas con bolsos de ellos, ellos con bolsos de ellas, y elles con otros bolsos.
Probemos conmigo.
Veamos qué dice mi bolso de mí.
Yo llevo: Un monedero pequeño que no pesa, negro, que pega con todo, de charol brillante que se limpia fácil.
Dentro, poca cosa: poco dinero, pocas tarjetas de crédito, ninguna foto (ahora todo está en el móvil), alguna moneda suelta para dejar propinas, me gusta hacerlo.
Algún resguardo de la tintorería, del zapatero o del relojero. Menos mal que te dan el papelito, de lo contrario, olvidaría pasar a recogerlos.
Más cosas…
Un llavero viejo. Nunca se me ocurre cambiarlo o comprar uno nuevo; tampoco se me ocurre regalarlo, aunque pienso que, si me regalaran uno, acertarían de pleno.
Muchas llaves colgando del llavero: de casa, del garaje, del trabajo, de casa de mi hijo, de la casa de vacaciones, de los trasteros. Muchas.
Cuando era más joven (me encanta lo de… “más” joven), no tenía tantas llaves ni tantas cosas. Todo va pesando, como los kilos y los años.
Continúo…
Un lápiz de labios rojo, no muy bueno, de supermercado. No me gasto dinero en cosméticos, no sé hacerlo, no me sale.
Cuando era “más” joven, el lápiz labial era igual de barato, pero mucho más discreto, de un color natural, casi imperceptible.
Un bolígrafo de propaganda. Tampoco me compro bolis, me los dan por ahí.
También pienso que sería un buen regalo para mí, como el llavero.
Unas gafas de sol que apenas uso y otras de presbicia. Los años.
Mis amigas se operan y cuentan maravillas. A mí me cuesta más entrar en un quirófano. Malas experiencias con la profesión me hacen huir de las batas blancas.
Sigamos.
Un par de guantes en invierno, un pequeño abanico en verano.
Los guantes los uso mucho, siempre tengo frío. El abanico pocas veces se despliega ni para presumir.
Suelo comprarme abanicos y paraguas plegables en las tiendas de los museos. Me gustan mucho los museos y, por eso, procuro llevarme un recuerdo de todos los que visito.
Los museos y las iglesias son lugares donde dejo que el tiempo pase despacio, sin prisas, camino de lo eterno.
Hay una soledad buscada y concedida que me resulta encantadora.
No importa estar rodeada de personas, se diría que todas comparten el mismo deleite.
La gente habla bajito, desconecta sus móviles y respeta la burbuja ajena.
En ambos lugares me entrego a la profunda contemplación: de la obra de Dios, de la obra de arte, tanto da.
Un paréntesis delicioso para vaciar el ego y colmar de belleza el alma.
Sigo con el bolso…
Unos cascos para escuchar música. Ahora los llevo inalámbricos, pero me gustan mucho más los de cable. No sé por qué. Llámame antigua.
Tengo unas listas de reproducción magistrales. Claro, las he hecho yo para mí, conmigo.
Mis preferidas son las de ópera.
Ir por la Gran Vía escuchando el aria de Sansón y Dalila me produce un secreto placer inconmensurable, casi orgásmico.
Es como poseer un gran tesoro en medio de la multitud, sin que nadie pueda sospechar la inmensa fortuna de la que disfruto.
A veces pienso si se me notará en la cara.
Se me olvidaba el móvil.
No es un iPhone.
No soy de Apple.
Elijo Samsung.
Tecnología coreana. Siempre.
El modelo que llevo es muy requete mono. Parece una polvera. Se pliega sobre sí mismo y no ocupa lugar. Cómodo y práctico.
“Produce el efecto Guau”, dice mi hijo, porque cuando lo saco, la gente exclama: “¡Guau!”.
También suelo llevar, perdido por el pozo sin fondo de mi pequeño bolso, algunos caramelos.
Chicles no.
Los chicles no me gustan, su sabor no dura nada en mi boca. Nunca he entendido por qué, pero enseguida me aburro de ellos y los tiro, lo cual no siempre es sencillo.
Deshacerse de un chicle puede llegar a ser una ardua y desagradable tarea.
Por el contrario, un buen caramelito de menta, pequeño y refrescante, a menudo resulta tremendamente oportuno y reconfortante.
El otro día, el hijo de mi amiga Rosa le dijo en el cine: —Mamá, ¿me das una de esas pastillitas de menta que sueles llevar en el bolso… y, de paso, te tomas otra tú?
Casi me muero de la risa cuando me lo contó.
Qué forma tan ingeniosa, divertida y educada de decir lo que dijo, relativo a su aliento.
Por último, aunque no siempre, suelo llevar una muestra de perfume.
Cambio a menudo de fragancia.
No sé si a ti también te pasa, pero, igual que con los chicles, los olores se me gastan y me aburren enseguida.
De bolso, sin embargo, no cambio tanto.
No se me ocurre, no me acuerdo y me resulta una pérdida de tiempo inútil tener que pensar cuál pega con qué.
Así que suelo llevar durante meses, incluso años, siempre el mismo bolso, a poder ser, pequeño, negro, que no pese ni ocupe y que se limpie fácil.
Todo así, sin complicaciones, que la vida ya se complica sola, sólita.
Ahora mi sueño…
Algún día aspiro a llevar un original bolso de viaje como el de Mary Poppins, que, como todos saben, era prácticamente perfecta en todo.
De su excéntrica maleta, tan británica, sacaba lámparas, paraguas, gabardinas, mesitas, sombreros y todo tipo de artilugios.
Y, con un poco de azúcar en la píldora y su galante amigo deshollinador, bailaba hasta el amanecer por los tejados victorianos de la vieja Londres, al son del supercalifragilísticoespialidoso.
Y me pregunto si, con esto y un bizcocho, hasta mañana a las ocho, me habéis podido conocer un poco más y mejor.
No importa si no es así; no somos tan interesantes ni tan diferentes los unos de los otros, las otras de los unos.
Compartimos genética con la mosca del vinagre, como para no compartir las similitudes de los objetos que guardan en sus entrañas todos los bolsos del mundo.
Eso sí, la huella dactilar es única e irrepetible, lo que me lleva a pensar en la paradoja de la dualidad del ser.
Tan iguales…
Tan diferentes…
Pero de esto será mejor que hablemos otro día.