Tropezar
Me levanto temprano y acometo mi rutina diaria en función de mi nivel de energía, hoy mediano, por lo que me corresponde media hora de yoga y media de bicicleta estática. Suficiente.
Odio el aburrimiento, es el enemigo más cruel de la diversión y yo necesito divertirme, así que cambio mis rutinas a menudo, es decir, cuando me acuerdo.
Hoy me lavo los dientes y me ducho utilizando exclusivamente la mano izquierda.
Un coñazo, pero al menos consigo algo de diversión ampliando mi capacidad de atención.
Salgo a comprar cuatro cosas que terminan siendo ocho.
Camino del anonimato, (los demás lo llaman economato, a mí me gusta cambiar los nombres de cosas y personas, soy de esas), decido modificar la ruta para no aburrirme y tomo una calle estrecha de aceras pequeñas y mal pavimentadas, una verdadera carrera de obstáculos.
Delante de mí, camina despacio una señora de mediana edad, calculo unos setenta y cinco.
La mediana edad es la antigua tercera edad, en especial desde que yo me voy acercando a ella a grandes zancadas.
Ocurre lo predecible, la señora se tropieza y se cae.
Es mi oportunidad.
Adoro ayudar a la gente. Cuando lo hago mis niveles de energía se disparan y me siento verdaderamente feliz.
Me precipito a socorrerla con esmero y educación exquisita.
¿Se encuentra usted bien, se ha hecho daño, le duele en algún sitio?
Tranquila, no se mueva, respire despacio, yo la ayudo a levantarse, apóyese en mí.
Esta calle está fatal, yo me tropiezo cada dos por tres. Nos pasa a todos, una caída la tiene cualquiera.
Ánimo.
¿Puede andar bien, quiere que la acompañe un poco?
No ha sido nada.
No hay por qué darlas.
Que tenga un feliz día.
Retomando mi camino me digo a mí misma que las gracias se las doy yo a ella por permitirme hacer la buena obra del día.
No ha pasado ni una semana desde este feliz acontecimiento, cuando, caminando alegre bajo la fina lluvia, escuchando mi lista de reproducción de k-pop coreano, me resbalo sobre un racimo de hojas otoñales y doy con mi coxis en el frío suelo.
Atentos a mi diálogo interior.
Pareces tonta, ¿se puede ser más torpe?, vas siempre en la inopia, es que no te fijas, madre mía que trompazo, serás vieja tonta. Te habrá visto todo el mundo. Qué vergüenza. Parece mentira. Tierra, trágame.
Echo un rápido vistazo a mi alrededor con mirada telescópica de infrarrojos. No hay mucha gente en el paseo a estas horas con la que está cayendo, pero en cuestión de segundos tres hermosos ángeles custodios se acercan a mí para repetirme el idéntico o similar discurso caritativo que yo le dediqué hace unos días a la señora de mediana edad camino del anonimato.
Consiguen incorporarme a peso muerto, estoy fuera de mí por la impresión, y a duras penas doy las gracias y me disculpo a lo coreano, que es lo que a mí me gusta, con varias inclinaciones reverenciales que en occidente todavía no se entienden muy bien.
Yo sigo intentando ponerlas de moda.
De regreso a casa me pregunto por qué el otro día traté tan exquisitamente bien a aquella señora y hace un momento me he tratado a mí misma como a una auténtica basura.
Decido al instante no volver a insultarme, no decirme las cosas que jamás le diría a otra persona, empezar desde ya a tratarme mejor.
Eres estupenda Cris. Hay que ver lo bien que te has caído. Eres elegante hasta para eso. Tu coxis es realmente resistente. Tómate un ibuprofeno, siéntate en un flotador durante varios días y aquí paz y después gloria.
Qué sortuda, has dejado a tres personas encantadoras hacer su buena obra del día.
La vida es maravillosa.
Voy a ponerle música a este momentazo estelar.
K-pop coreano por supuesto.
Dios mío, los auriculares inalámbricos que me regaló mi hijo, no están, se me han debido caer en el tropiezo, seré gilipollas, parezco imbécil, no tengo remedio, qué tonta soy por Dios, idiota, idiota, idiota…
Y salgo disparada hacia el lugar de los hechos.