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Soplado al corazón
V Las cicatrices de la memoria

El día en el que todo saltó por los aires

6 min de lectura

Tres toques en la puerta de la habitación.

—Ya son las siete y media.

La voz de la tata Esperanza suena familiar y aburrida desde bien temprano.

No hago mucho ruido para no despertar a mi hermana Inés. Entra más tarde. Es pequeña, pero todavía hay una más pequeña: Sofía. Solo tiene un año y duerme en la cuna instalada en el cuarto de mis padres. Así no da la lata. Es monísima.

Cojo el uniforme.

Me meto en el baño.

Mi hermano mayor hace rato que ha pasado por allí, dejando su desordenada huella, y ya se ha ido al cole. Entra el primero, con los mayores.

Me doy una ducha rápida. Ayer me bajó la regla. Vaya mierda.

Me vino por primera vez este verano. En pleno agosto. Qué rabia. A mamá tampoco le hizo gracia. Es un rollo. Lo odio.

Le ha venido a muy pocas niñas de la clase, y a todas les han crecido los pechos horriblemente.

Es incómodo y feísimo.

No me gusta.

Yo no quiero que me crezcan.

Ahora es invierno y no se me nota mucho. Solo en la clase de gimnasia, con la camiseta del chándal. Se me marca todo. Me da vergüenza. Mamá todavía no me ha comprado sujetador, pero algunas niñas de la clase ya lo llevan.

La profe de gimnasia es muy maja y dejará que me salte la clase. Le diré que me duele la tripa. Además, es verdad que me duele.

Aprovecharé para seguir leyendo Demian. Es un libro de Hermann Hesse que me ha dejado la seño de Literatura. Me cae genial la seño. Me gusta hablar con ella, tiene ojos de “lo entiendo todo”.

Mientras me lavo los dientes, toca a la puerta mi hermano Pablito.

—¿Puedo entrar?

—Anda, pasa.

Es el niño sándwich, eso dice papá, porque es el mediano y siempre anda por el medio.

Me sigue a todas partes. Parezco su madre.

A mí no me molesta porque es muy bueno, gordito y redondo, como un oso de peluche.

Sonríe a todas horas y solo pide abrazos aleatorios.

Le doy un besito y lo dejo en el baño.

Termino de hacerme la coleta en el espejo del pasillo. Hoy sin lazo. No me da tiempo.

Mochila, mocasines limpios, loden, bufanda y guantes.

La tata Esperanza me llama desde la cocina.

—Bébete la leche. Cómete una galleta al menos. No te olvides el almuerzo.

—¿De qué es?

—De foie-gras y mortadela.

Qué rollo, otra vez, pero me gusta.

Me atizo el vaso de leche con Nesquik. El ColaCao hace grumos.

Me dejo las Chiquilín sin tocar encima de la mesa, muy a mi pesar, pero si me las como, irán directas a engordar las tetas.

Ni hablar.

Ya veremos si regalo el almuerzo en el recreo. A Maite le gusta y se come de buen grado todo lo que las demás no queremos. Así está la pobre de gorda y de grande, pero es maja y mira con esos ojos de “quiéreme un poquito también a mí”, y a mí no me cuesta nada quererla.

Ocho y veinticinco. El autobús llega puntual y no espera.

Paso hacia el fondo y me siento junto al cristal empañado y sucio, que me deja ver la ciudad correr junto a nosotros hacia el río.

En la siguiente parada sube Pilar y se sienta a mi lado. El otro día me acarició la mano y me pidió si quería ser su amiga. Yo acepté, por supuesto. Me gusta ser amiga de todas.

Dice que soy buena y guapa y que algún día llegaré a ser alguien muy importante.

—¿Importante en qué? —le pregunto.

—No sé, en lo que sea, pero lo serás.

Sonrío con la idea.

Me agrada, aunque no sé muy bien a qué se refiere.

Quizá tenga razón en lo de buena y por eso quiere ser mi amiga.

Me acaban de nombrar delegada de curso a propuesta de mi profe de Literatura, y todas me han votado a mano alzada. Nadie le llevaría la contraria a la señorita Elena. Es un ángel que mira con esos ojos de “lo entiendo todo”.

Me pidió que entrara en el club de teatro, y me encanta.

Estamos preparando Eloísa está debajo de un almendro, de Jardiel Poncela.

Una obra muy divertida.

Yo soy Eloísa.

La seño dice que declamo muy bien.

Me gusta interpretar y ser otra persona. Por lo que sea.

En lo de que soy guapa, a Pilar no le voy a dar la razón, por mucho que se empeñe.

La guapa es mi madre.

Yo soy igual que papá. Eso dicen mis tías.

Mamá es bellísima. Tiene los ojos más verdes y limpios que haya visto jamás. Miran así, como a lo lejos, perdiéndose entre brumas y paisajes, como si quisiera estar lejos, muy lejos.

Cruza las piernas más bonitas del mundo, como las actrices de las películas, y fuma muy elegante.

Yo también fumaré, así como ella, en cuanto pueda.

Su piel es suave y huele a flores y a limón.

Cuando voy con ella por la calle, la gente nos mira, nos abren las puertas y nos dejan pasar, nos sonríen con admiración, y yo la tomo del brazo más fuerte para que todos sepan que soy su hija.

En tercera hora, después del recreo, tocan a la puerta.

Es la directora. Susurra unas palabras al oído de la profesora de Matemáticas y ambas me miran.

Las Matemáticas no me gustan. No se me dan bien. Seguramente me querrán para repartir notas, folios o exámenes.

Soy la delegada y todavía no he ejercido mucho mi cargo.

A veces pienso que me han nombrado por lo guapa que es mi madre. En cuanto la conocen, me comienzan a suceder cosas buenas allí donde vaya.

Me piden que salga de clase y sigo a la dire por los silenciosos pasillos del colegio.

Me conduce hasta la entrada, donde me espera un coche.

Dentro veo a mi hermano mayor y a Manuel, su mejor amigo.

La mamá de Manuel me explica, muy cariñosa, que mi madre ha tenido un accidente de coche y que está muy grave en el hospital.

Vamos a casa.

Abre la tata Esperanza, que me abraza llorando y, desmintiendo sus lágrimas, dice que no pasa nada y que todo va a estar bien.

Nos llevan al cuarto de estar, donde están el resto de mis hermanos con la tía Claudia, que también llora por nada. O eso dice.

A papá no lo hemos visto, pero sabemos que está en el salón con más gente.

Se oyen voces veladas, sollozos y suspiros.

La tía Claudia sale un momento para volver a entrar.

Niega con la cabeza y ahora puede llorar de verdad porque sí pasa algo.

Mamá ha muerto.

Bueno, nos dicen que se ha ido al cielo con los ángeles, los arcángeles, San José, María y el Niño Jesús.

Me cuesta imaginarla entre tanta gente.

Pido permiso para ir al baño.

Cierro con pestillo.

Me doy la vuelta y me agarro a los albornoces que cuelgan detrás de la puerta.

Escondo mi cabeza en ellos y lloro muy bajito para que nadie me oiga.

Mis hombros se agitan. Tiemblo.

Las rodillas me flaquean, pero mantengo la compostura.

Todo va a estar bien.

Eso me han dicho.

Pero yo empiezo a no estar muy segura de eso.

Alguien da, despacito, tres toques en la puerta.

—¿Isabelita, estás bien?

EscucharTe lo leo en voz alta