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Soplado al corazón
V Las cicatrices de la memoria

Revisión de un relato

5 min de lectura

La tarea de ayer, diciembre 2018, vista desde la tarea de hoy, marzo 2025.

2018.

Título: LA TAREA DE HOY Me he apuntado a un taller de escritura.

Pinta bien.

Es obvio que necesito mejorar si quiero cumplir mi sueño.

Parece cosa del cruel destino, ¡toma melodrama!, o de las musas que andan empeñadas en que escriba de lo mío, porque la tarea que me encargan los señores invisibles que viven en mi ordenador, se las trae.

2025.

Comienzo a leer desde el hoy y ya lo borraría todo.

Cómo puede cambiar tanto la perspectiva en siete años. Ahora soy capaz hasta de corregir acentos.

2018.

A saber…

2025. Era la reina de los puntos suspensivos. Qué horror.

2018.

Me encarga mi profesor que escriba un relato, para crear atmósfera y tono, yendo a un hospital a ver a alguien.

2025.

Me tendré que cortar la mano. Me dan ganas de reescribirlo todo.

2018.

Lo siento mucho, pero la cosa se las trae.

Leyendo entre líneas, parecen insinuarme que huya de sentimentalismos baratos y que juegue a divertirme con las contradicciones, paradojas y sorpresas que un buen escritor debe ofrecer a sus lectores.

Jugar con el temita hospitalario…, como si fuera tan fácil para mí.

2025.

Y dale con los puntos suspensivos.

2018.

Bueno, me he dicho, vamos a intentarlo al menos.

El relato podría ir de un payaso disfrazado, que se dirige a un hospital a alegrarles el día a los niños oncológicos.

No, mejor un Santa Claus, o puestos ya, los tres Reyes Magos, que estamos en diciembre.

Toma sensiblería, en la que me recuerdan que no debo caer.

Puede que ande queriendo escribir sobre el “tono” de la ilusión, en la mirada limpia de un niño, condenado a pasar las navidades en la “atmósfera” más asquerosa del mundo.

Quizá si la describo, la ilusión, digo, la reconozca y le pueda dar la bienvenida.

La perdí hace siete años, en la UCI de un maldito hospital y no la he vuelto a ver.

Definitivamente desecho la idea del disfraz y me visto de mí misma.

Es una de las licencias que nos concedemos las víctimas de la muerte y la desesperación.

Dicen que tanto sufrimiento nos hace pensar que estamos por encima del bien y del mal y en general del resto de los mortales.

Puede que tengan razón.

Tanto dolor te sitúa en los límites de la realidad, hasta el punto de que todo te importa un carajo.

2025.

Recuerdo ese dolor, ese en concreto, y puedo sentirlo de nuevo. Sigue ahí, escondido bajo la alfombra del subconsciente. Acechando.

2018.

Así que pasándome por el forro los consejos de los “supertacañones”, contaré lo mío, que es lo que quiere salir y lo que urge sacar, para que no se pudra dentro.

El RELATO Es martes y trece, manda h…

2025.

Me sale corregirlo, pero no seré capaz de tocar ni una sola línea de lo que viene a continuación.

La inmersión en el dolor antiguo me produce un extraño y profundo respeto.

2018.

Suena el teléfono, no sé la hora, ni me importa, me estoy duchando, salto afuera, como propulsada por un mecanismo automático y pregunto.

No me hace falta oír la respuesta y no la oigo, la cara de mi marido lo dice todo, es lo que tienen las caras de las personas en momentos como este.

Sé lo suficiente.

Es del hospital, tenemos que ir. Llegó el momento.

A partir de ahí, la nada más absoluta.

Cómo explicar una atmósfera de “nada” con el “tono” de un muerto viviente, porque zombi es la palabra que nombra a la madre que pierde a su hija, tras una agonía atroz, en el hospital más negro, sombrío y odioso de este maldito planeta.

Es lo que tiene el estado de shock, que entras en la nada total.

De camino a la clínica… nada, ni qué día hace ni qué hora es ni si el taxi llega pronto o tarde ni escaleras de entrada ni ruidos ni ascensores ni enfermeras ni enfermos ni parientes ni nada.

Del cuarto oscuro de la UCI, zulo lúgubre de muerte, nada.

Solo ella, obligada y ajena protagonista, llena de tubos, como en los últimos y eternos 15 días, o lustros o milenios, ya no lo sé.

Blanca, nieve, hinchada, tersa, seda, suave, transparente, helada, rígida, durmiente, ausente, en tránsito hacia… 'vaya usted a saber dónde', silenciosa, muda, muerta.

Desenchufan todo lo enchufado.

Cesan los pitidos que hace días que ya no oigo.

En los monitores las líneas montañosas ahora son rectas infinitas.

Los números cambiantes, desgastados de tanto mirarlos, ahora son ceros sucesivos.

NADA.

Solo mi voz que repite en un susurro agónico: No tengas miedo, no tengas miedo, no tengas miedo…

La negación del terror que devora mis entrañas, que hace que las piernas me flaqueen, que mis rodillas se hinquen en el suelo, que mi cuerpo se desparrame blando, flojo, carente de todo, lleno de esa nada que recubre el mundo.

No soporto que nadie me toque, que nadie me mire, que nadie me hable.

Yo también estoy muerta.

A pesar de todo, alguien dice que la van a preparar, que tenemos que volver más tarde.

Como no hay tiempo, no sé cuánto pasa, como no hay espacios, no sé dónde pasa…

Una sala blanca, de paredes blancas, una camilla con su blanca sábana.

Ya no tiene el odioso tubo en la garganta y por fin sus ojos están cerrados sin esparadrapos.

A los enfermos en coma se les abren los ojos de manera automática y la sensación es tan espantosa que se los pegan cuando vas a visitarlos, para que no sufras, dicen los muy ignorantes.

En esa gélida sala blanca donde, después de seis meses negros, de dolor y agonía, al fin descansa mi preciosa niña, alguien dice: —Parece que sonríe.

Y entonces la veo.

Veo esa sonrisa dulce, serena, hermosa, rebosante de muerte y me pregunto si será natural o se la habrán puesto para mí.

Eso me pregunto.

2025.

Nada fue corregido ni tocado. Respeto absoluto a mi dolor de entonces, sosiego de mi ahora.

EscucharTe lo leo en voz alta