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Soplado al corazón
V Las cicatrices de la memoria

Nada más inútil

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Nada más inútil que un reloj sin pila, viejo y oxidado, guardado en un cajón.

Pero era su reloj favorito, el que estuvo en la mesilla del hospital los últimos meses de su vida.

Nada más inútil que el pijama de cuadros grises que llevó aquellos días tristes, nublados de miedo, dolor y vanas esperanzas. Sus últimas zapatillas, con las que paseó los oscuros y vacíos pasillos, llenos de soledades. Sus pañuelos y sus suaves gorritos de dormir, que utilizaba para ahuyentar, de su dulce calva de bebé recién nacido, el frío de las largas noches de la planta tercera de trasplantes de médula. Su peluca morena y larga, que apenas estrenó.

Sus últimos escritos, sus cuadernos, su diario, sus lápices y su plumier todavía infantil.

Todas ellas, cosas inútiles a los ojos del profano mundo, pero no inútiles para mi herido corazón de madre huérfana.

Sé que nadie nunca volverá a usar esas cosas. Nadie las tocará ni les dará utilidad alguna. A nadie servirán ni contentarán. A nadie, salvo a mí.

Yo me pondré su reloj sin pilas, que no volverá a marcar las horas de ninguna vida. Yo abrazaré a “Bu”, su muñeca de peluche, blandita y sonriente. Doblaré con cariño su pijama y, después de olerlo veinte veces, lo volveré a esconder en el último cajón del aparador.

Mientras miro su reloj sin horas, pienso en el tiempo. El tiempo que llevo sin ella; en septiembre hará quince años. En el tiempo desde que nació, treinta y cuatro. El tiempo que vivió a mi lado, diecinueve. El tiempo que la lloraré, una eternidad.

Dicen que la nueva ciencia asegura que el tiempo no existe tal y como lo conocemos. No es un fluir constante. No es un transcurrir lineal. No discurre del ayer al mañana. Solo existe el presente, perfecto e infinito, en el que no hay ni un principio ni un final. El presente no empieza ni termina en ningún momento exacto. Solo es. Y lo es en un instante eterno, fuera de nuestro plano de conciencia ordinaria.

Pero Ana nació un 26 de marzo, en un presente cierto y lleno de esperanza, de amor y alegría, y murió un 11 de septiembre, que también fue presente allí, en su día oscuro y pavoroso.

Hoy, en este presente mío, cumple treinta y cuatro y, aunque la nueva ciencia me asegure que el pasado no existe, sí existe para mí.

Aquí y ahora quiero que su recuerdo llene todos mis espacios y lo haga sin límite y sin medida, colmando de eternidad el rincón donde escribo.

Si cierro los ojos fuerte, con su reloj parado entre mis manos frías, y no respiro nada, me zambullo en su amor y me entrego con el alma desnuda a su memoria.

En ese mismo instante puedo engullirlo todo: el pasado, el presente y el futuro, en una insondable bienaventuranza cuya belleza, cargada de su presencia, me es imposible describir.

EscucharTe lo leo en voz alta