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Soplado al corazón
V Las cicatrices de la memoria

Ni en mis mejores sueños

3 min de lectura

… hubiera yo esperado tener un hijo tan perfecto como el mío y digo bien “PERFECTO”, pero me quedo corta, y lo digo y repito, perfecto, porque todos los que estáis hoy aquí sabéis que lo es.

Es el perfecto amigo, el perfecto novio, esposo y padre cuando lo sea, el perfecto nieto, sobrino, primo, empleado, fue el perfecto hermano y es y seguirá siendo el perfecto hijo.

Eso me convierte a mí en la madre más afortunada del mundo… ahí es nada.

Cuando nació no podíamos ni sospechar el magnífico resultado que nos daría el niño.

Era movido e inquieto como pocos, se las arreglaba para escurrirse hacia el suelo desde la cama de matrimonio más grande del mundo, bastaba con que me diera la vuelta un segundo para coger el pañal y ya me había desaparecido.

En el cole nunca dio problemas, era listo, buen niño y buen compañero, alegre y todo eso, hasta que vino a destronarle de sus muchos reinos la petarda de su hermana Ana. Durante unos años estuvo enfurruñado luchando contra un mundo que le había quitado todos sus poderes y atributos. No duró mucho, era lo suficientemente listo como para adaptarse a la nueva situación y salir victorioso sin demasiado esfuerzo, ya que nada parecía costarle, ya entonces, demasiado esfuerzo.

Yo, por mi parte, no dejaba de intentar convertirlo en el mejor deportista de Aragón o del país, ya puestos.

Lo intenté y lo intenté, incluso lo intenté más.

Natación, judo, esgrima, equitación, esquí alpino, aguerrido montañero scout, tenis, bádminton y un largo etcétera interminable… nada, no hubo manera, o eso nos pareció entonces, porque hoy los hace todos y los hace muy bien, quitando la esgrima, creo, y poniendo un alto, yo diría que magnífico nivel de elegante esquí alpino.

Los estudios y la fiesta se le daban bien. Había nacido para ello, estaba claro. Aprobaba todo de soslayo y con el mínimo esfuerzo y se esforzaba mucho, muchísimo, en que su padre y yo no descubriéramos los restos de la última juerga celebrada en nuestra casa durante la ausencia del fin de semana. Yo lo notaba en cuanto entraba y los zapatos se me quedaban pegados en el suelo del pasillo, mis gritos se podían oír en todo el patio de la comunidad.

Se fue a estudiar a Pamplona, convencido de que no cumplía el perfil en un colegio mayor demasiado estricto y confesional, digámoslo así, y donde fue querido y apreciado por todos. Que era maravilloso, no solo lo veía yo.

Volvió hecho un gran periodista y ahí sigue, haciendo del Heraldo de Aragón el mejor periódico del país. Todavía no me explico de dónde ha sacado tantas y tan buenas virtudes.

Veamos…

De sus abuelos Montse y Joan, la bondad y el buen sentido común. De su abuelo Paco, la inteligencia y el amor por la

cultura; de su abuela Carmina, a la que no conoció, la alegría y el gusto por la fiesta; de su padre, el porte elegante y bello y la capacidad de trabajo inagotable. De su madre no me corresponde a mí decirlo, pero me conformaré con apuntar el acusado y evidente sentido del humor, el gusto por escribir y una maravillosa gracia innata.

Todo lo demás lo ha hecho él solito y lo ha hecho bien, mejor que bien, matrícula de honor.

Como podréis imaginar, estaría horas y horas hablando de las virtudes de mi hijo perfecto, pero, por no aburrir al personal, iré terminando.

Gracias, hijo mío, por cumplir todos mis sueños, por hacer que nos sintamos los padres más orgullosos y afortunados del mundo.

Tu hermana y tus abuelos se sienten dichosos de verte tan feliz, ya que no desean otra cosa… sigue siendo feliz y haciendo de este, nuestro pequeño mundo, un lugar más perfecto y mejor.

EscucharTe lo leo en voz alta